
El pintor que susurraba a los caballos
- publicado por Manuel Fernández Luccioni
- Categorías Blog, Novela Gráfica
- Fecha 1 de marzo de 2025
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- Etiquetas #CómicsconHistoria, Geografía e Historia 4º ESO, Historia del Arte 2º Bachillerato, Novela gráfica, Tanako Nakahari
Edición original: Géricault (Kadokawa Corporation, 2021) |
Edición nacional: Arechi Manga, 2023. |
Guion: Tanako Nakahara |
Dibujo: Tanako Nakahara |
Color: Tanako Nakahara |
Traducción: Manel Vázquez López |
Formato: Cartoné, 256 páginas. |
ISBN: 978-84-19611-11-9 Precio: 9,95€ (Gericault – Arechi Manga) |
Sinopsis:
Géricault es un manga que cuenta la breve pero intensísima biografía de Théodore Géricault, el pintor francés cuya obra inauguró el Romanticismo como movimiento estético.
Aunque gran parte del manga se centra en el proceso de creación de La balsa de la Medusa, la gran obra maestra de Géricault, y de su repercusión tanto en Francia como en el extranjero, la narración también atiende otros episodios importantes de la vida del artista, como su pasión por los caballos, su formación en Italia o los temas tan infrecuentes que él sí exploró, como los retratos de enfermos mentales recluidos en el sanatorio de la Pitié-Salpêtrière.
El Géricault de antes de La balsa de la Medusa era un pintor muy joven que había conseguido prestigio en el ámbito académico como pintor de asuntos militares, más concretamente en escenas con jinetes donde el caballo cobraba una gran importancia.
Esto le dio a conocer no solamente para el gran público, sino también entre el resto de los pintores de prestigio como Jacques-Louis David o Antoine-Jean Gros, aunque le encasilló mucho en un subgénero que empezó a estar de capa caída cuando el Imperio napoleónico se vino abajo a partir de 1815.
Esa fue la razón que le hizo ir a Italia, que es donde además de conocer de cerca la obra de Tiziano y de otros maestros del arte antiguo como Rubens o Rembrandt que ya había podido ver en el Museo del Louvre, quedó fuertemente impactado por la pintura de Miguel Ángel, que marcaría mucho su expresión artística a partir de entonces, puesto que empezaría a buscar el sufrimiento humano como tema que representar en su obra.
Es así como Géricault encontró el tema de su vida, vinculado con un suceso que escandalizó a la sociedad francesa de su tiempo: la tragedia de la fragata Medusa, que fue en sí misma una doble negligencia, puesto que el encallamiento de la nave en las costas de Mauritania se podría haber evitado y muy especialmente el abandono de muchos de sus tripulantes en una balsa fabricada con retales de la propia fragata, a quienes dejaron a su suerte en alta mar.
Evidentemente, la tragedia no se hizo esperar, puesto que la mayoría de los tripulantes de la balsa de la Medusa fallecieron en alta mar sin ningún tipo de recursos más allá que los cuerpos de los compañeros de infortunio que se iban muriendo antes que ellos. Afortunadamente, dos de los supervivientes contaron sus calamidades primero en la prensa y después en un libro, que es como llegó finalmente la historia a Géricault y le inspiró la idea de poner aquella historia dantesca en un lienzo de grandes dimensiones que presentaría en el Salón de París.
El proceso creativo de Géricault fue tremendamente obsesivo, dado que no se limitó a entrevistarse con los supervivientes de aquel infierno, sino que para darle una mayor veracidad a la escena pintada mandó realizar una maqueta de la balsa lo más realista posible e incluso accedió a la morgue de un hospital cercano para hacerse con restos de cadáveres con los que poder ambientar las penalidades que pasaron las personas que vivieron aquella tragedia en primera persona.
El resto de la historia nos conduce al éxito de la pintura de Géricault en el Salón (pero no tanto como a él le hubiera gustado) y a su exhibición también en Inglaterra, donde la historia de los supervivientes de la Medusa fue acogida con mucha más empatía dado que no había tanta polémica política de fondo.
Finalmente, la novela gráfica nos lleva a conocer el último gran proyecto de Géricault antes de su prematura muerte, que fueron los retratos de varios enfermos mentales que estaban recluidos en uno de los primeros sanatorios mentales que hubo en Francia, continuando nuestro pintor por la senda de la exploración del sufrimiento humano que llevaba explorando desde que la historia de la Medusa cayó en sus manos y le cambió la vi
Contexto histórico:
Cómo cuajó el mito del pintor romántico.
Sobre la figura de Théodore Géricault (Ruan, 1791-París, 1824) se concentran varios de los tópicos del artista romántico, como son tener un carácter exagerado, impulsivo y muchas veces irracional, ser una figura socialmente ambivalente, por lo que provoca atracción y rechazo a partes iguales, tener una vida sentimental muy desordenada, verse envuelto en escándalos públicos y tener una muerte temprana y trágica, quedando como un referente para las generaciones posteriores.
Géricault nació en una antigua y próspera familia normanda. Su padre, Georges Géricault (1748-1825), trabajó durante un tiempo en el Parlamento de Normandía, dado que su suegro era procurador allí, pero perdió su puesto en 1790, poco antes de que Théodore naciera. Ello obligó a la familia a mudarse a París en 1796, ya que Georges consiguió un puesto de trabajo en la empresa familiar en la Place du Carrousel.
Con respecto a la formación académica de Géricault, sabemos que en 1806 entró a estudiar en el Lycée Imperial, donde también estudiaría Eugène Delacroix (Saint-Maurice, 1798-París, 1863). Allí tuvo como primer profesor a Pierre Bouillon (Thiviers, 1776-París, 1801), que había conseguido en su día el Premio de Roma y había disfrutado de la beca en Italia, objetivo que el propio Géricault se marcaría para sí mismo en su proceso de formación como pintor.
Precisamente la persona que más animó a nuestro autor en sus estudios artísticos fue su madre, Louise Géricault (Caruel de soltera) (1753-1808), quien falleció en la primavera de 1808, cuando Théodore estaba recibiendo clases en el estudio de Carle Vernet (Burdeos, 1758-París, 1836), descendiente de una saga de pintores y especializado en pintura de caza, que era una temática que a Géricault le interesaba especialmente porque le permitía trabajar con caballos.
No mucho tiempo después, Géricault probó también en el taller de Pierre-Narcisse Guérin (París, 1774-Roma, 1833), que había sido discípulo de Jacques-Louis David (París, 1748-Bruselas, 1825) y que tenía una metodología de trabajo mucho más exigente y sólida que la de Vernet. Estando allí Géricault adquirió un interés por los grandes maestros de la pintura, como Rafael (Urbino, 1483-Roma, 1520), Tiziano (Pieve di Cadore, Venecia, c. 1488-Venecia, 1576), Caravaggio (Caravaggio, 1571-Porto Ercole, 1610) y especialmente Rubens (Siegen, 1577-Amberes, 1640). Se dice que empezó a trabajar tanto los empastes a la manera de Rubens en el taller de Guérin que allí empezaron a llamarle “le pâtissier ou le cuisinier de Rubens” (el pastelero o el cocinero de Rubens).
Por otra parte, no hay que perder de vista que el contexto en el que nos encontramos es el de las Guerras Napoleónicas y Géricault ya iba teniendo edad para ser llamado a filas, sobre todo si tenemos en cuenta que los llamamientos de jóvenes fueron de lo más corrientes en este periodo atendiendo a todos los frentes que tenía Napoleón en Europa. Afortunadamente para Théodore, su padre pagó 1000 francos por su reemplazo, lo que le evitó tener que prestar servicio y así poder continuar con los estudios que había empezado en la Escuela de Bellas Artes en febrero de 1811.
A partir de ese momento es cuando empezó a visitar asiduamente el Musée Napoléon (actual Musée du Louvre) para copiar a los maestros italianos, como Tiziano, además de a los maestros franceses de los siglos XVII y XVIII como Eustache Le Sueur (París, 1617-París, 1655), Jean Jouvenet (Ruan 1644-París, 1717), Hyacinthe Rigaud (Perpiñán, 1659-París, 1743) y Pierre-Paul Prud’hon (Cluny, 1758-París, 1823) o los maestros flamencos y holandeses como Jacob van Oost (Brujas, 1603-Brujas, 1671), Anton van Dyck (Amberes, 1599-Londres, 1641), Rubens y Rembrandt respectivamente.
Lo que no se esperaba nadie es que Géricault presentase en el Salón de París de 1812 una obra tan llamativa como Oficial de cazadores a la carga, sobre todo porque era una temática que Guérin no practicaba en su taller y tampoco era algo que se enseñase directamente en la Academia de Bellas Artes. Era un tema muy autónomo en comparación con todo lo que se estaba haciendo.
Además, la destreza con la que Géricault presentó al caballo en corveta desde atrás causó sensación, porque hizo palidecer hasta a un especialista realizando pintura ecuestre, como el Barón Gros, cuyo Retrato ecuestre de Murat estaba colgado justo al lado del de Géricault y lo hizo destacar más si cabe por todos los contrastes que provocaba esta comparación.
Géricault se llevó una medalla de oro como reconocimiento en este Salón y fue reconocido por todos (incluso grandes maestros como David elogiaron esta pintura) como una figura emergente en la pintura francesa de la época. Ello le llevó a montar su propio taller en el 23 de la rue des Martyrs (cerca del de Carle Vernet) y pronto se vio rodeado por jóvenes pintores que querían aprender de él su nuevo estilo tan expresivo, como es el caso de Delacroix, Léon Cogniet (París, 1794-París, 1880) o Ary Scheffer (Dordrecht, 1795-Argenteuil, 1858).
Tras este éxito de 1812 la producción de Géricault se centró mucho en escenas militares con caballos, que era lo que él más dominaba, de forma que podía representar escenas de diferentes ejércitos siempre que un caballo formase parte de la composición. Esto produjo un encasillamiento muy pronunciado por parte de Géricault, que cada vez fue tomado por un pintor de caballos más que por un autor de grandes composiciones.
De hecho, en 1814 presentó El coracero herido, pero ya esta obra no causo la repercusión que la del Oficial de cazadores a la carga, dado que el Imperio napoleónico en aquella época estaba mucho más alicaído y la temática militar desde el lado francés ya no estaba siendo igualmente bien acogida, sobre todo si pensamos que esta obra se leyó como un presagio de la derrota en vez de ser un estímulo para la victoria francesa.
Géricault decidió volver a París en septiembre de 1817 después de llevar un año en Italia. Pese a la separación física, el romance con Alexandrine, la esposa de su tío, se reanudó a su vuelta hasta el punto de quedar ella embarazada y de descubrirse todo el pastel, de manera que la relación con su tío quedó rota para siempre, no pudiendo comunicarse más con Alexandrine. El hijo de ambos, nacido el 21 de agosto de 1818 fue dado en adopción a otra familia (aunque después de la muerte de Géricault en 1824 el padre de este sí que reconoció a ese niño como su nieto y lo reintegró en su familia).
Este episodio tan violento hizo que Géricault se metiera más en sí mismo, cortándose el pelo, rechazando participar en cualquier acto de la alta sociedad al que le invitaban como joven dandy que era y centrándose en su producción artística. Es así como calló en sus manos un libro sobre el naufragio de la fragata La Medusa escrito por dos de sus supervivientes, que había provocado un gran escándalo en Francia mientras él estaba a punto de ir a Italia.
Esta era una expedición que fue realizada por una serie de barcos militares franceses con la idea de tomar posesión de Senegal después de un tratado internacional. De hecho, en la fragata iban grandes dignatarios políticos que iban a tomar posesión de su cargo allí.
El problema que surgió durante la travesía fue que, por la negligencia del capitán de la fragata, Hugues Duroy de Chaumareys (1763-1841), quien llevaba veinte años sin navegar, la nave quedó encallada el 2 de julio de 1816 a treinta millas de las costas de Mauritania, de manera que procedieron a montar a la tripulación en botes para salvar la vida ya que no había manera de sacar la fragata de allí.
El segundo problema que se presentó es que no había barcas suficientes para acoger a toda la tripulación de la fragata, por lo que se les ocurrió fabricar una balsa de grandes dimensiones para albergar a los ciento cincuenta tripulantes que no cabían en ninguna de las barcas auxiliares, de manera que esta sería remolcada a la costa por el resto de las barcas.
La segunda negligencia por parte del capitán vino cuando poco después de comenzar con esta maniobra de salvamento de toda la tripulación, se dieron cuenta de que si las barcas seguían tirando de la balsa se hundirían todos, por lo que cortaron las cuerdas que les unían a la balsa y dejaron a los tripulantes de la balsa completamente abandonados a la merced de los elementos, sin avituallamiento y sin ningún medio para navegar de forma autónoma.
A causa de ello, de los más de ciento cincuenta tripulantes que había en la balsa fallecieron casi todos por distintos motivos, ya que algunos murieron por falta de comida, otros fallecieron al enfrentarse entre ellos por el tonel de vino que había en medio de la balsa, otros se caían de la balsa al no poder llegar al centro de la misma, que era el único lugar más o menos seguro y a los que veían más débiles también los tiraban al mar para no tener que compartir los pocos recursos que tenían. Finalmente, incluso se llegaron a dar episodios de canibalismo para poder sobrevivir a este horror, de forma que cuando la balsa fue rescatada trece días después solamente quedaban quince de sus tripulantes con vida.
El caso se convirtió en un escándalo cuando el 13 de septiembre de 1816 Alexandre Corrèard (1788-1857), cirujano en La Méduse, y Henri Savigny (1793-1843), secretario del gobernador de Senegal, relataron la tragedia a las autoridades y sus testimonios aparecieron en la prensa a través del Journal des débats. Ello condujo a su vez a que en 1817 estos dos supervivientes publicasen su experiencia en el libro Naufrage de la frégate La Méduse, que venía con grabados de la fragata y de la balsa que construyeron.
Para la realización de su gran obra maestra, Géricault primeramente se entrevistó con varios de los supervivientes de La Méduse, quienes le ayudaron a realizar una maqueta de gran tamaño de la balsa para captar todos los detalles de la escena. También les pidió que posaran para incluirles en la obra, al tiempo que contrató a otros modelos para que hicieran lo propio.
No obstante, la parte más escabrosa del trabajo tuvo que ver con la obtención de restos de cadáveres de la morgue del Hôpital Beaujon para hacer alusión a los episodios de antropofagia que se dieron en la balsa durante los últimos días antes de ser rescatados por el bergantín Argus. Ello produjo que el estudio de Géricault tuviera un olor nauseabundo como comentaron algunos pintores que le visitaron durante el proceso de creación de la obra, como Delacroix o Guérin, a quien el propio Géricault invitó a ver sus avances en el verano de 1819. Este último, a pesar de la situación le dio buenos consejos a la hora de perfeccionar la composición.
Finalmente la obra fue expuesta en el Salón Carré del Louvre dentro de la exposición anual del Salón de París en el verano de 1819 siendo galardonada en esta edición, pero no siendo la obra comprada por el Estado, que era lo que Géricault hubiera deseado para consagrarse como artista, pero la marejada política no lo permitió dado que el motivo presentado no solamente recordó el desgraciado episodio de La Medusa, sino también el hecho de que el capitán de la fragata, Chaumareys, en vez de ser sentenciado a pena de muerte por su doble negligencia, solamente fue encarcelado durante tres años. Por otra parte, también existía la idea de que el cuadro se estaba utilizando políticamente para atacar al Ministerio de Marina, por lo que no se dio el consenso político para que el Estado adquiriese la obra.
Aunque Géricault no consiguió que el Estado francés le comprase La balsa de La Medusa en un primer momento, sí que consiguió que el conde Auguste de Forbin (Bouches-du-Rhône, 1779-París, 1841), director del Louvre y principal impulsor de la solicitud de compra de la obra por parte del Estado, le encargase una pintura religiosa con el tema del Sagrado Corazón de la Virgen. No obstante, esta finalmente acabaría siendo realizada por Delacroix porque Géricault le cedió el encargo y le orientó a la hora de ejecutarlo, siendo posiblemente la primera gran obra que realizó el que con el tiempo sería el gran maestro del Romanticismo francés.
No mucho tiempo después, Géricault recibió la oferta de un peculiar galerista inglés llamado William Bullock (1773-1849) de exponer La balsa de La Medusa en su museo de curiosidades llamado el Egyptian Hall, situado en Piccadilly Circus y que atraía a mucha gente por la variedad y el exotismo de obras que allí se podían ver.
De este modo, Géricault cruzó el canal de La Mancha en abril de 1820 y para la ocasión, llegó a realizar varios dibujos para acompañar al folleto que se repartía a la gente, siendo la acogida de la obra un completo éxito que le reportó a Géricault mucho reconocimiento popular y unos ingresos bastante notables que no esperaba obtener.
Géricault estuvo en Inglaterra hasta el mes de diciembre, momento en el que volvió a París tras encontrarse enfermo de los pulmones. En los meses que estuvo allí además de aprovechar para ver en directo el Derby de Epsom, carrera de caballos que le entusiasmó completamente porque nunca había visto nada igual, aprovechó para hacer varias litografías sobre la vida de la gente corriente de Londres, representando de forma reiterada los estragos de la pobreza entre la población inglesa.
A su vuelta de Inglaterra, Géricault participó en un proyecto de lo más extraño, sobre todo porque ningún otro artista había prestado su talento para el avance científico y la desestigmatización de los enfermos mentales como él hizo en 1821. Ello le llegó de la mano del doctor Étienne Jean Georget, que era un psiquiatra pionero que trabajaba en el Hôpital de la Pitié-Salpêtrière con monomaníacos de muy diversa índole y que le pidió a Géricault que retratase a varios de ellos para poder utilizar los retratos como material pedagógico para los estudiantes de psiquiatría que estaban aprendiendo con él.
Géricault realizó un total de diez obras, de las cuales en la actualidad se han sabido identificar cinco de ellas, siendo habitual que de vez en cuando salga en las noticias el descubrimiento de alguno de estos retratos de los que se ha perdido su paradero.
En estos meses, Géricault compatibilizó sus retratos para Georget con un negocio fallido en el que se metió con otro colega pintor llamado Pierre-Joseph Dedreux-Dorcy (París, 1789-Bellevue, Suiza, 1874), con quien realizó una fuerte inversión en una fábrica de cal que se perdió, dejando a Géricault en una penosa situación económica y perdiendo su independencia creativa, ya que desde aquel momento debería pintar temas más acordes a los gustos del mercado en vez de seguir a su propio instinto. De hecho, Géricault llegó a retratar el trabajo en la fábrica en la que había invertido en alguna de sus obras finales.
El final de la vida de Géricault fue tremendamente trágico, puesto que nadie esperaba el terrible empeoramiento que le llevaría a la muerte. Sobre las causas de tan triste final siempre se ha apuntado a la caída del caballo, pero no hay un consenso en el hecho de si se cayó del mismo una o varias veces, aunque sí se piensa que la caída del mes de agosto de 1823, en la que se rompió la espalda (según los Diarios de Delacroix «le produjo una desviación en una de sus vértebras») fue definitiva para dejarle postrado en una cama durante los siguientes meses que estuvo con vida.
Otras fuentes aducen que Géricault habría padecido una tuberculosis vertebral, como combinación de la afectación de pulmones que traía de Londres y de la caída del caballo, lo que le habría provocado grandes dolores durante sus últimas semanas de vida.
Por último, el historiador del arte Élie Faure (Gironde, 1873-París, 1937) en su biografía sobre el artista menciona que la enfermedad que habría acabado con la vida de Géricault habría sido de tipo venéreo, recalcando el arquetipo de dandy sin complejos que también se asoció al artista durante los primeros años de su juventud. No obstante, no hay ninguna otra fuente que corrobore esta posibilidad.
La muerte de Géricault causó una gran conmoción a nivel artístico porque quedó inmediatamente consagrado como una gran figura del arte de su tiempo a la vez que se le configuró como el arquetipo del genio maldito que no vivió lo suficiente como para gozar del éxito.
De hecho, en los Diarios de Delacroix encontramos las siguientes palabras dirigidas al maestro: “No era exactamente un amigo, pero su pérdida me corroe el corazón. Me obligó a renunciar a su trabajo y a deshacerme de todo lo que había pintado (…). Qué lástima, Géricault, pensaré en ti a menudo. Confío en que tu alma visite de vez en cuando mi obra” (Entrada del 27/01/1824).
Del mismo modo, la máscara mortuoria, según cuenta su biógrafo Charles Blanc (Castres, 1813-París, 1882), se convirtió en un objeto de fetiche para muchos artistas de las siguientes generaciones, que lo tuvieron presente en sus talleres como si de un talismán se tratase.
Algo parecido ocurrió con su memoria, que se fue recuperando poco a poco para el público en general. Primero con la entrada de La balsa de La Medusa en las colecciones del Musée du Louvre precisamente a finales de 1824, el año de la muerte de Géricault, y después con la escultura que su hijo no reconocido mandó hacer en su memoria en el Cementerio de Père-Lachaise, donde el escultor Antoine Étex (París, 1808-Chaville, 1888) vinculó la imagen del artista junto con la de su mayor obra maestra, de forma que nadie nunca más ha podido deshacer esta asociación.
Un último aspecto que debería ser tomado en consideración a la hora de hablar de Géricault es su faceta escultórica, que en general siempre ha estado muy mal estudiada porque es muy complicado analizar la trazabilidad de su producción, ya que esta no fue continua en el tiempo ni siempre obedeció a los mismos motivos, aunque hay ejemplos escultóricos de todos sus periodos como creador. De hecho, en general no se le tenía como escultor profesional porque no comercializó esta obra, aunque es seguro que estas producciones le sirvieron de un modo u otro en su creación pictórica.
Con todo, pese a que la influencia de Géricault fue muy notable en los pintores románticos y también en los realistas, la fuerza simbólica de La balsa de La Medusa no nos ha abandonado hasta el presente, puesto que autores contemporáneos como Frank Stella (Massachusetts, 1936-Nueva York, 2024) o Jeff Koons (Pensilvania, 1955- ) todavía la siguen reivindicando como un símbolo de la lucha contra la injusticia y del poder transformador del arte en la sociedad.
Valoración final:
- Guion
El guion de Takaho Nakahara es vertiginoso, al igual que la vida de Géricault. Se toma alguna pequeña licencia en el orden de los acontecimientos, pero en general es muy fiel a la realidad histórica.
- Dibujo y color
Los dibujos de Nakahara nos transportan de manera pasmosa al París de principios del s.XIX y a los ámbitos que recorrió Géricault. Sobre todo, tiene mérito pensando que gran parte de este manga está realizado en blanco y negro y una sugerente escala de grises.
+ LO MEJOR
- La comprensión profunda de un artista tan estereotipado como lo es Géricault para el público general.
- Haber sabido transmitir la vida de Géricault casi sin utilizar el color en casi todo el manga, lo cual es muy a tener en cuenta si hablamos del gran maestro romántico.
– LO PEOR
- Que esta obra de Nakahura no sea mucho más conocida ni se utilice habitualmente en el ámbito educativo.
- Que no se alude a la obra escultórica de Géricault.
Aplicación en el aula...
Imprescindible en la asignatura de Historia del Arte de 2º de Bachillerato porque explica perfectamente el proceso de creación de La balsa de La Medusa. También podría funcionar bien con el alumnado de Geografía e Historia de 4º de la ESO.
Para aprender más...
Profesor de Geografía e Historia. Apasionado por la Historia del Arte y por las novelas gráficas.
El día 1 de cada mes os traeré una nueva reseña de novelas gráficas históricas en la sección #CómicsconHistoria.
"Luchar contra el fascismo me pareció tan necesario como respirar"
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