
Racismo en tiempos de guerra
- publicado por Manuel Fernández Luccioni
- Categorías Historia, Novela Gráfica
- Fecha 3 de enero de 2026
- Comentarios 2 Comentarios
- Etiquetas #CómicsconHistoria, Geografía e Historia 4º ESO, George Takei, Harmony Becker, Historia del Mundo Contemporáneo 1º BACHILLERATO, Justin Eisinger, Novela gráfica, Planeta de Cómic, Steven Scott
Edición original: The called us enemy (Top Shelf Productions, 2020) |
Edición nacional: Planeta Cómic, 2021. |
Guion: George Takei, Justin Eisinger y Steven Scott |
Dibujo: Harmony Becker |
Color (portada): Harmony Becker |
Traducción: Víctor Manuel García de Isusi |
Formato: Cartoné, 232 páginas. |
ISBN: 978-84-1341-600-7 Precio: 25€ (Éramos el enemigo (novela gráfica) – George Takei | PlanetadeLibros) |
Sinopsis:
Cuando hablamos de los campos de concentración durante la II Guerra Mundial la mente siempre nos lleva en primer lugar a la Alemania nazi sin pensar en otras posibilidades que también se dieron en aquellos años en otras latitudes.
En Éramos el enemigo, George Takei con la ayuda de Justin Eisinger, Steven Scott y Harmony Becker, nos cuentan la experiencia personal del conocido actor de Star Trek cuando era un niño de cuatro años en varios de los campos de concentración para ciudadanos de ascendencia japonesa que se ubicaron mayoritariamente en la costa oeste de los Estados Unidos entre 1942 y 1946.
Cuando los padres de George Takei se conocieron en Los Ángeles en 1935 se había dado ya una importante emigración desde Japón hasta la costa oeste de los Estados Unidos desde finales del s.XIX. De hecho, estos procedían de diferentes generaciones de japoneses en los Estados Unidos, porque mientras que su padre había nacido en Japón y había emigrado joven a California, su madre directamente había nacido en Sacramento, por lo que legalmente era ciudadana norteamericana.
Juntos regentaban un negocio de limpieza en seco en Los Ángeles y con bastante esfuerzo habían logrado formar una familia, siendo George el mayor de tres hermanos (su hermana pequeña acababa de nacer).
Todo cambió el 7 de diciembre de 1941 con el bombardeo de Pearl Harbor (Hawái). Todas las suspicacias internas que durante muchos años habían recaído en los Estados Unidos sobre la población de origen japonés se manifestaron de golpe tras la declaración de guerra contra Japón que el Congreso de los Estados Unidos aprobó al día siguiente, el 8 de diciembre de 1941.
Esto dejaba a los habitantes de ascendencia japonesa en una situación muy delicada porque de inmediato fueron considerados posibles espías, posibles traidores que convivían con el resto de la población norteamericana. Se difundió la idea de un nuevo Pearl Harbor como una posibilidad real.
El argumentario racista afloró prácticamente sin ningún esfuerzo, sobre todo alimentado por los representantes políticos del momento, que buscaron justificar la exclusión de la población de origen japonés de la manera más inmediata y efectiva.
Así es como llegamos a la Orden Ejecutiva 9066, por la que el presidente Roosevelt autorizó el traslado forzoso y aislamiento de población que supusiera una amenaza para la seguridad nacional. En ningún momento se mencionó en este documento a la población de ascendencia japonesa, pero al llevarlo a la práctica el perfil claramente fue este, alimentado por los prejuicios sembrados en la sociedad.
El trato fue tan inhumano que las personas que acabaron allí recluidas estaban en shock, sin poder de reacción más allá de organizarse internamente para que la experiencia fuera lo menos dura posible, por no hablar de algunas familias que fueron separadas durante este proceso.
En el caso de los Takei, primero fueron llevados a Rohwer, en Arkansas, que era el campo que estaba situado más al este, donde estuvieron casi dos años antes de que les enviasen al campo de Tule Lake, al norte de California, que era el peor de todos.
Entre medias ocurrieron dos cosas: el bulo difundido de que los presos de ascendencia japonesa le debían obediencia al emperador de Japón y que justificaba su internamiento forzoso y la necesidad de la Administración Roosevelt de encontrar nuevos soldados que enviar al frente, para lo cual realizaron una encuesta obligatoria entre las personas adultas que estaban en los campos.
En dicho cuestionario había dos preguntas muy controvertidas, porque solicitaban la adhesión al ejército en cualquier misión al tiempo que debían manifestar un rechazo manifiesto al emperador de Japón. Las personas que dijeron que no a estas dos preguntas fueron tratadas como extremadamente peligrosas para el país asumiendo la etiqueta de desleales. Otros acabaron uniéndose al ejército de los Estados Unidos y fueron enviados a Europa para combatir contra los nazis.
Después de esto, ya muy avanzada la guerra, el siguiente paso fue un intento de expatriación de dichos desleales de nuevo a Japón, por lo que se generó un ambiente muy tenso en los campos. Esa situación llegó a ser tan trivial, que al suspenderse la Orden Ejecutiva 9066 todos los presos debían abandonar los campos en los siguientes meses. El problema es que se encontrarían completamente desprotegidos de los ataques que pudieran sufrir por parte de la población civil.
Solamente los tristes acontecimientos de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki y la consecuente rendición de Japón logró que estos ciudadanos pudieran recuperar sus vidas (no sin tener que enfrentarse a varios desafíos a nivel legal).
Para George Takei lo peor de todo posiblemente no fue su estancia en los diferentes campos, puesto que al ser tan pequeño apenas se enteró de lo que estaba ocurriendo. Lo peor vino al ir creciendo y tomar cada vez más conciencia del trato que había recibido en su país de nacimiento por el hecho de tener un aspecto físico determinado, además de que el atropello que sufrieron tantos como él no se vio reflejado años después en ningún libro de Historia elemental de los Estados Unidos. Aquello oficialmente no había ocurrido.
Contexto histórico:
La institucionalización del racismo.
El ejemplo de George Takei (Los Ángeles, 1937- ) y de su familia nos sirve muy bien para ilustrar la situación de extrema vulnerabilidad que la población de ascendencia japonesa sufrió en los Estados Unidos desde el ataque japonés a Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941) hasta el final de la guerra. Para ello se utilizó toda la maquinaria del Estado para poner en marcha todo tipo de prácticas xenófobas contra una minoría que estuvo en la diana de la opinión pública en todo momento.
En ese sentido cabe recordar que, aunque también hubo señalamiento hacia las poblaciones de origen italiano y alemán dentro de los Estados Unidos, en ningún caso hubo punto de comparación con el maltrato sufrido por la población de origen japonés. Esto fue especialmente grave en el caso de los issei, que son los emigrantes de primera generación y que, a pesar de llevar muchos años integrados en los Estados Unidos, jamás les concedieron la nacionalidad norteamericana, como sí la tenían los nisei, que era la primera generación nacida ya en los Estados Unidos o los sansei, la segunda generación de norteamericanos de origen japonés.
Cuando se habla de este caso en particular (que desgraciadamente no es el único en la historia de los Estados Unidos si miramos al pasado e incluso al presente) normalmente no tenemos conciencia de que la inquina contra la población de origen japonés venía de antes del ataque de Pearl Harbor.
Ya en 1936 el presidente Franklin D. Roosevelt (Hyde Park, Nueva York, 1882-Warm Springs, Georgia, 1945) mencionó en privado que debería haber un listado secreto de los americano-japoneses que mantenían contactos comerciales con los marineros japoneses con los que hacían transacciones, para que fueran detenidos si en el futuro las relaciones bilaterales se agravaban.
Del mismo modo, ya iniciada la II Guerra Mundial (1939-1945), entre 1940-1942 desde la Administración Roosevelt solicitó dos informes para evaluar el grado de peligro de levantamiento de la población de origen japonés en los Estados Unidos. En ambos casos, las conclusiones de los informes descartaron cualquier tipo de amenaza real por parte de dicha población contra la seguridad nacional. Muy específicamente el Informe Munson concluyó que el hipotético levantamiento sería imposible bien porque la población aludida sí era leal a los Estados Unidos, bien porque en caso contrario tampoco querían meterse en problemas.
Efectivamente, el elemento que acabó por desestabilizarlo todo fue el ataque japonés en Pearl Harbor (Hawái), que causó más de 2.000 muertos y más de 1.000 heridos, y que sirvió como justificación de todos los abusos que sufrió la población de origen japonés principalmente en la costa oeste de los Estados Unidos.
De forma inmediata se produjo la declaración de guerra de los Estados Unidos a Japón aprobado por el Congreso de los Estados Unidos (8 de diciembre de 1941) y ello hizo que arrancase la maquinaria del fango y de los bulos (todavía no se hablaba de fake news, pero en la práctica ya existían) contra la población de ascendencia japonesa.
Los acontecimientos a partir de entonces se dieron de forma vertiginosa ya que con la Orden Ejecutiva 9066 que el presidente Roosevelt firmó el 19 de febrero de 1942 se autorizaba al traslado forzoso a los llamados “centros de reubicación” a la población peligrosa contra la seguridad nacional. En este documento en ninguna parte señala que los peligrosos fueran la población de ascendencia japonesa. Ello se llevó a cabo a pesar de la recomendación negativa de Francis Biddle (París, 1886-Massachusetts, 1968) y de otros asesores, quienes estaban en desacuerdo con esta medida.
Con todo, la primera idea de Roosevelt tal y como comunicó a Frank Knox (Boston, 1874-Washigton, 1944), Secretario de Marina el 26 de febrero de 1942, era la de enviar a toda la población excluida al archipiélago de Hawái, pero el plan no se llevó a cabo por varios motivos, como por ejemplo su coste logístico desmesurado, el hecho de que el 40% de la población de Hawái era de ascendencia japonesa y que seguía siendo el objetivo militar más cercano de Japón.
Es por ello que se decidió que el área de exclusión se localizaría en la costa oeste (dado que allí era donde vivía el grueso de la población de origen japonés) y después se iría distribuyendo a dicha población en los centros de reubicación situados entre el oeste y la parte central de los Estados Unidos.
Finalmente, el 21 de marzo de ese año, Roosevelt firmó la Ley 77-503, que permitía aplicar la Orden Ejecutiva 9066 y que fue aprobada sin apenas debate tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. En la misma se autorizaba también a sancionar como un delito menor a quienes no siguieran las órdenes de las autoridades, que implicaba multas de 5.000 dólares o penas de hasta un año de prisión, como ocurrió en algún caso.
Desde entonces las gestiones recayeron en la figura del general John L. DeWitt (Nebraska, 1880-Washington, 1962), que era el comandante que coordinaba la Western Defense Command (WDC) y que fue quien en la primavera de 1942 emitió las órdenes civiles de exclusión en las que ahora sí se aludía explícitamente a la población de ascendencia japonesa.
Ello quedó distribuido oficialmente por todas las principales ciudades de la costa oeste junto con instrucciones en las que se señalaban las localizaciones iniciales de agrupamiento, que fueron los lugares más bien improvisados donde tenían que estar las personas consideradas peligrosas para el bienestar del conjunto de la sociedad. Se calcula que fueron 120.000 personas las que fueron sacadas forzosamente de sus viviendas y que salvo unas pocas pertenencias que pudieron llevar consigo perdieron todos sus bienes de manera inmediata.
En la inmensa mayoría de los casos la población de origen japonés accedió diligentemente ante los requerimientos de las autoridades. Incluso se les dieron etiquetas identificativas que debían llevar puestas, elemento que les marcaba todavía más como población excluida y que nos recuerda a otros episodios contemporáneos.
Con todo, no todas las personas obedecieron, dado que encontramos el célebre caso de Fred Korematsu (Oakland, California, 1919-Larkspur, California, 2005), quien intentó librarse de ser encerrado cambiando su identidad por la de Clyde Sarah, llegándose a operar los ojos para aparentar ser “más caucásico” y atribuyéndose unos orígenes hispano-hawaianos. Finalmente fue detenido el 30 de mayo de 1942, pero no cesó en su empeño de defender su causa, llevando el caso primero al Tribunal Federal de San Francisco y después al Tribunal Supremo de los Estados Unidos, por lo que este proceso se dilató varios años.
En los siguientes meses se fueron construyendo barracones como los que utilizaba el Ejército de los Estados Unidos para albergar a esta población, con la gran salvedad de que cada habitación de soldado sería ocupada por una familia entera y que las instalaciones contaban con alambradas para que nadie escapase de allí.
Dichos campos de concentración se ubicaron en varios Estados, de forma que había dos en Arkansas, dos en Arizona, dos en California, uno en Colorado, uno en Idaho, uno en Utah y uno en Wyoming. Por lo general estamos hablando de poblaciones completamente aisladas, donde la labor de vigilancia de los militares era más sencilla porque no había ningún lugar cercano al que poder huir.
Dentro de los campos de concentración los americano-japoneses eligieron a un representante por bloque, que en el caso de la familia Takei sabemos que el padre de George Takei fue el representante del suyo dentro del Centro de Reubicación de Rohwer.
Estos representantes se reunían entre ellos para plantear soluciones colectivas ante la evidente falta de infraestructuras para asumir las necesidades alimentarias e higiénicas de tanta gente, sobre todo pensando que en todos los campos de concentración había muchos niños.
Por si fuera poco, en enero de 1943 surgieron figuras publicas que continuaron echando más leña al fuego para generar discordia contra la población excluida, ya que el propio comandante en jefe DeWitt y el senador demócrata por el Estado de Tennessee, Tom Stewart (Tennessee, 1892-Tennessee, 1972) alertaron a la ciudadanía de que los americanos de origen japonés en realidad eran leales al emperador de Japón, por lo que eran manifiestamente traidores.
A lo largo de ese año en el Estado de California, que era lógicamente donde se congregaba la mayoría de la población de ascendencia japonesa, se promulgó una ley por la que el Estado podía quedarse con la maquinaria de granja abandonada. Es de suponer que algo semejante ocurriría con los negocios regentados por esta población y que fueron abandonados en el momento en el que comenzó su evacuación forzosa.
Al tiempo, se seguía señalando a la población americano-japonesa a través de la propaganda norteamericana en la guerra, en la que el japonés aparecía claramente deformado como si fuera una bestia semejante a un gorila cuyo único propósito era atacar a la población norteamericana. Esta imagen formó parte de un conjunto de anuncios de guerra norteamericanos en los que se señalaban a los enemigos en guerra, estando muchos de estos carteles protagonizados por los nazis.
Por muy contradictorio que parezca, todavía en diciembre de 1943 la Administración Roosevelt tuvo la necesidad de tirar de algunos de los hombres que tenían presos en sus “centros de reubicación” para que fueran a luchar al frente europeo porque necesitaban esos efectivos. Es así como el presidente Roosevelt firmó una orden por la que se aceptaban soldados de ascendencia japonesa (algunos de los cuales ya se habían presentado voluntariamente al principio de la guerra y habían sido rechazados).
Para ello fue necesario hacer un cuestionario obligatorio a todas las personas adultas en los diez campos de concentración, donde se incluían preguntas sobre los ascendientes de Japón, sobre si tenían o no antecedentes penales, si pertenecían a alguna organización, si tenían inversiones en el extranjero… Eso sí, las dos preguntas más delicadas fueron la 27 y la 28, donde tenían que contestar sí o no a si aceptaban luchar en cualquier lugar bajo bandera norteamericana y si renunciaban a la lealtad al emperador de Japón (se daba por hecho) para tener una única lealtad a los Estados Unidos.
Las dos últimas preguntas fueron muy controvertidas porque en esos momentos llevaban más de un año encerrados sin motivo en un campo de concentración siendo considerados enemigos del país donde habían vivido gran parte de su vida o toda su vida. También era muy complicado de gestionar que te sacasen de allí para mandarte directamente al frente europeo cuando había muchas personas que tenían allí a toda su familia, por lo que hubo bastantes casos que contestaron no a ambas preguntas. Estas personas desde entonces fueron tratados como desleales, ejerciéndose sobre ellos mucha más presión que sobre el resto.
De este modo, en los campos se aplicó una división interna entre los que sí aceptaron ir a luchar al frente (que eran casi todos nisei) y los que fueron marcados como desleales, para los cuales se empezó a trabajar en una ley específica de expatriación para enviarles directamente a Japón.
Como les ocurrió a los miembros de la familia Takei, a muchos otros “desleales” les volvieron a reubicar en el campo de concentración de Tule Lake, al norte de California, siendo este el más duro de todos los campos ya que contaba con triple alambrada y muchos más contingentes del ejército fuera del campo (tanques incluidos) en el caso de que se diera una posible huida. En total se calcula que en Tule Lake ingresaron 18.000 internos, siendo la mitad de ellos niños pequeños.
Mientras tanto se fue preparando a toda velocidad la ley de expatriación, que llegó al Senado el 23 de junio de 1944 y que fue firmada por el presidente Roosevelt el 1 de julio de 1944. Era la Ley 78-405. A partir de entonces se ofreció a los nisei y a los sansei que renunciasen a su nacionalidad norteamericana para facilitar el proceso de expatriación.
Ni que decir tiene que mientras se tramitaba la orden de expulsión de los llamados “desleales”, los nisei del Regimiento 442 que fueron enviados a los Vosgos a rescatar a otro regimiento perdido allí (el 141), sufrieron un número estrepitoso de bajas, llegando a contabilizarse más de 800 soldados americano-japoneses muertos en ese frente.
En paralelo a todos estos acontecimientos el caso Korematsu siguió su camino y después de certificarse la sentencia en el Tribunal Federal de San Francisco en 1943, continuó después hacia el Tribunal Supremo, donde el 18 de diciembre de 1944 se ratificó la sentencia y Fred Korematsu tuvo que seguir estando en un campo de internamiento. Con posterioridad esta sentencia se ha evaluado como una de las más infames de toda la historia de la judicatura en los Estados Unidos.
No obstante, algo debió remover este caso porque en el mismo mes de diciembre de 1944 el presidente Roosevelt suspendió la Orden Ejecutiva 9066 y empezaron a salir informaciones en la prensa de que en los próximos meses iban a cerrar todos los centros de internamiento.
Esto dejaba a los internos en una situación muy difícil, porque si no renunciaban a sus derechos como ciudadanos norteamericanos les echarían a la calle a merced de lo que les pudiese ocurrir y sin una posibilidad real de rehacer sus vidas (en algún caso llegó a ocurrir), mientras que si renunciaban a sus derechos y asumían una futura expatriación, podrían quedarse en el campo de concentración durante más tiempo.
Del mismo modo, las fotografías que había hecho Dorothea Lange (Nueva Jersey, 1895-San Francisco, 1965) encargadas por el Gobierno norteamericano en las cuales documentaba el proceso de aislamiento de la población de origen japonés fueron finalmente embargadas durante muchísimos años porque los responsables no quedaron satisfechos con la mirada que proyectó la fotógrafa. Estas imágenes no volvieron a ver la luz hasta la publicación de Impounded en 2006, como bien cuenta @la.inercia en Instagram en este vídeo.
A pesar de que la guerra estaba cerca de terminar y con las dificultades que el Gobierno de los Estados Unidos estaba poniendo a la población de ascendencia japonesa, algunos de ellos volvieron a sus hogares al salir de los campos de concentración.
Al llegar a sus domicilios se encontraron en muchos casos pintadas racistas, lo que no es muy sorprendente viendo el nivel de presión mediático al que fueron sometidos durante años. Volver a la normalidad como si nada hubiera pasado no tuvo que ser para nada sencillo estando tan marcados socialmente.
Como es lógico, la confusión de los siguientes meses tuvo que ser tremenda en los campos, porque les llegaban noticias de que el presidente Roosevelt había muerto (lo que ciertamente ocurrió el 12 de abril de 1945) y del lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki (el 6 y 8 de agosto de 1945 respectivamente) y no se lo podían creer. De hecho, muchos pensaban que les estaban intentando aturdir desde fuera con noticias falsas.
Hay que pensar también que la noticia de las bombas nucleares tuvo que causarles muchísimo dolor porque muchos de los recluidos en los campos de concentración tenían familiares en Japón y temían que no hubieran sobrevivido a dicho ataque. De hecho, hubo familiares de George Takei que murieron en Nagasaki a causa de la bomba nuclear.
Tras la rendición de Japón el 14 de agosto de 1945 no todo estaba resuelto para los miles de ciudadanos de ascendencia japonesa en los Estados Unidos, ya que en primer lugar tuvieron que ir a juicio para poder frenar las deportaciones masivas que iban a darse si no intervenían.
Para ello encontraron la ayuda del abogado de origen irlandés Wayne M. Collins (Sacramento, 1899-Hawái, 1974), quien recurrió el caso de 1000 norteamericano-japoneses que habían renunciado a su nacionalidad por las presiones que sobre ellos ejercieron a raíz de la ley de expatriación.
Finalmente, el 14 de noviembre y gracias a las gestiones de Collins, gran parte de ellos mitigaron la deportación a Japón y pudieron volver a rehacer su vida en los Estados Unidos. Otra cosa muy diferente fue el tiempo que les llevó recuperar la nacionalidad norteamericana, ya que hasta 1952 no se aprobó la Ley de Inmigración y Nacionalidad, que anuló la Ley de Inmigración de 1924 vigente hasta ese momento. Es entonces cuando muchos ciudadanos de ascendencia japonesa pudieron nacionalizarse norteamericanos.
Por último, llama mucho la atención la celeridad con la que se tomaron las decisiones a la hora de privar a la población de origen japonés de sus libertades y en cambio, lo lentas que fueron las reparaciones por parte del Gobierno de los Estados Unidos para con las personas que sufrieron semejante injusticia durante años.
En primer lugar, cabe destacar que el 15 de julio de 1946 hubo un primer reconocimiento a los soldados de origen japonés supervivientes que lucharon en Europa en el Regimiento 442 por parte del presidente Harry S. Truman (Lamar, Misuri, 1884-Kansas City, Misuri, 1972), quien les concedió la cruz del servicio distinguido.
Pero no fue hasta 1976, cuando el presidente Gerald Ford (Omaha, Nebraska, 1913-Riverside, California, 2006) firmó una proclamación que ponía punto final a la Orden Ejecutiva 9066. Este acto se produjo el 19 de febrero, siendo este el mismo día que el presidente Roosevelt había firmado la orden ejecutiva que inició esta persecución.
Por su parte, en 1980, el presidente Jimmy Carter (Plains, Georgia, 1924-Plains, Georgia, 2024) creó una comisión para estudiar la cuestión llamada Comisión sobre la Reubicación en Internamiento de Civiles en Tiempos de Guerra (CWRIC en inglés), que es la que emitió un informe en 1982 titulado Personal Justice Denied en la que se expuso que los encarcelamientos de la década de 1940 no estuvieron justificados por razones de tipo militar. Además, se propuso una disculpa pública, se fijó una cantidad para compensar a los damnificados y se propuso crear un programa educativo a nivel nacional para que una situación de hostigamiento racista como la que se dio no se volviera a repetir.
No fue hasta 1988, durante la presidencia de Ronald Reagan (Tampico, Illinois, 1911-Bel-Air, Los Ángeles, 2004) cuando se ofreció una disculpa oficial a la comunidad norteamericano-japonesa y se fijó en 20.000$ la compensación económica para cada afectado. El 10 de agosto de ese año se aprobó la Ley de Libertades Civiles para asegurar que este problema no volviera a ocurrir en el futuro.
Finalmente, el 21 de noviembre de 1989 el presidente George H.W. Bush (Milton, Massachussets, 1924-Houston, Texas, 2018) firmó una ley que autorizaba al pago de las indemnizaciones, las cuales se llevó a cabo entre 1990-1998. De hecho, a la familia Takei no les llegó la carta de disculpa y el cheque hasta 1991…
En los últimos años hemos visto cómo la Justicia norteamericana anuló el juicio contra Fred Korematsu en 2018, protagonizado por la jueza Sonia Sotomayor (Bronx, Nueva York, 1954- ). Además, el 19 de febrero de 2022 se estableció oficialmente el Día Oficial del Recuerdo (Day of Remembrance) para recordar el día en que fue firmada la Orden Ejecutiva 9066 y reflexionar sobre todo lo negativo que conllevó. Todos ellos son éxitos de la comunidad de origen japonés en los Estados Unidos, que ha estado luchando paso a paso para recuperar la dignidad perdida a través de la memoria.
Desgraciadamente, a pesar de los intentos que se han hecho por educar para que el futuro fuera mejor, hoy en día seguimos encontrando campañas de desprestigio similares, esta vez dirigidas contra otras minorías como es el caso por ejemplo de la población musulmana que vive en los Estados Unidos.
Valoración final:
- Guion
El guion de George Takei ayudado por Steven Eisinger y Steven Scott nos sumerge en uno de los episodios más oscuros en la historia contemporánea de los Estados Unidos, tratando el tema con una naturalidad que lo hace aún más hiriente.
- Dibujo y color
La estética aportada por Harmony Becker ayuda mucho a comprender un poco mejor lo duro que debió ser vivir dentro de varios campos de concentración en los Estados Unidos durante la década de 1940.
+ LO MEJOR
- Es un documento necesario para comprender la complejidad del siglo XX a nivel internacional, sobre todo en el periodo de la II Guerra Mundial.
- Al ser un testimonio en primera persona refuerza la utilidad de la memoria histórica como elemento de aprendizaje para nuestro alumnado.
– LO PEOR
- Que el libro se encuentre en estos momentos en la lista de libros prohibidos en varios Estados de los Estados Unidos, por lo que no puede encontrarse ni en bibliotecas públicas, ni se puede integrar como parte de los programas de estudios en la educación elemental.
Aplicación en el aula...
Es una lectura indispensable para el alumnado de Geografía e Historia de 4º de la ESO y de Historia del Mundo Contemporáneo de 1º de Bachillerato. Es especialmente interesante para analizar cómo se dispara la xenofobia en tiempos de gran inestabilidad.
Para aprender más...
Profesor de Geografía e Historia. Apasionado por la Historia del Arte y por las novelas gráficas.
El día 1 de cada mes os traeré una nueva reseña de novelas gráficas históricas en la sección #CómicsconHistoria.
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2 Comentarios
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Muchísimas ganas de leerlo, aunque a mí este tipo de historias me remueven demasiado.
Enhorabuena por la reseña.
Muchas gracias por tu comentario. Esta es una novela gráfica que es necesario leer por el aprendizaje que aporta. No te oculto que es muy dura, pero son realidades de un pasado no tan lejano que deben conocerse.