
¿Y si cuidar fuera el corazón de la educación?
- publicado por Javier Castillo
- Categorías Blog, Pedagogía
- Fecha 9 de febrero de 2026
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- Etiquetas Cuidados, Ética, ODS
| Edición nacional: Bellaterra Edicions. Biblioteca Ciudadana |
| Autores: The Care Collective |
| Traducción: Javier Sáez del Álamo |
| ISBN: 978-84-18684-07-4 |
| Formato: 250gr, 130 páginas |
| Precio: 13€/7€ en PDF |
Como docentes, lo vemos cada día: alumnos estresados por la competitividad, la presión del éxito individual y una creciente sensación de aislamiento no deseado. Vemos también cómo las grandes crisis de nuestro tiempo (medioambiental, social, económica y de salud mental) golpean las puertas de nuestros institutos. En medio de este panorama, ¿te has preguntado alguna vez cómo podemos educar para un mundo más justo, más sostenible y, en definitiva, más humano y menos “artificial”? Si es así, no estás solo. Hoy me gustaría compartir contigo una idea poderosa que está resonando en todo el mundo y que tiene el potencial de transformar nuestras aulas: la revolución de los cuidados.
Un colectivo de pensadores y activistas, autodefinidos como ”feministas, queers, antirracistas y ecosocialistas” llamado The Care Collective lanzó en plena pandemia su “Manifiesto de los Cuidados”. Su propuesta es tan sencilla como radical: reorganizar la sociedad entera en torno al principio del cuidado. No hablan solo de cuidar a un familiar enfermo, sino de entender el cuidado como la base de todo: de nuestras relaciones, de nuestras comunidades, de nuestra economía y, por supuesto, de nuestra educación.
Una respuesta a un mundo acelerado: El origen del "Manifiesto de los Cuidados"
Vivimos en una sociedad que nos empuja a ser “emprendedores de nosotros mismos”, a competir constantemente y a ver el éxito en términos puramente individuales, a generar y trabajar en “nuestra marca personal”, en definitiva, como alega Byung-Chul Han: “Hoy nos sometemos voluntariamente a la autoexplotación hasta colapsarnos”. El neoliberalismo, con su énfasis en el beneficio por encima de las personas, ha ido desmantelando poco a poco las redes humanas que nos sostenían como sociedad. El resultado es lo que el Manifiesto llama una «negligencia endémica». Sentimos sus efectos en la precariedad laboral, en la crisis de salud mental, en la emergencia climática y en la soledad de nuestros barrios. En este contexto, surgió “El manifiesto de los cuidados”, creado por el colectivo “The Care Collective”.
El manifiesto critica duramente un modelo neoliberal que promueve al “individuo emprendedor”, cuya única relación con los demás es la competencia
Este colectivo nació en Londres en 2017 como un grupo de lectura formado por activistas y académicos. Se definen a sí mismos como feministas, queer, antirracistas y ecosocialistas. Su «Manifiesto de los Cuidados«, publicado en 2020, no pudo llegar en un momento más oportuno. La pandemia de COVID-19 puso en evidencia la fragilidad de nuestros sistemas y nos recordó una verdad fundamental: somos interdependientes y vulnerables. Necesitamos cuidarnos unos a otros para sobrevivir y para florecer. El manifiesto critica duramente un modelo neoliberal que promueve al “individuo emprendedor”, cuya única relación con los demás es la competencia, y que ha devaluado sistemáticamente el trabajo de cuidados, dejándolo en un segundo plano, asociándolos a un “trabajo de mujeres”. Reivindicar el cuidado es, según el Manifiesto, en esencia, un acto político y transformador.
Cuidar en mayúsculas: ¿Qué significa realmente y cómo se aplica?
El Manifiesto nos invita a ampliar nuestra mirada. En la definición que se hace de los cuidados, aparte de hacer referencia a estos como “el trabajo que las personas realizan cuando atienden directamente las necesidades físicas y emocionales de los demás”, también se alude a cuidar como “una capacidad y una actividad social que implica facilitar todo lo necesario para el bienestar y la prosperidad de la vida”. ¡Casi nada! Esto incluye desde el abrazo a un amigo que lo pasa mal hasta la defensa de los servicios públicos o la lucha por la justicia climática.
Para llevarlo a la práctica, proponen reorganizar la vida en varias escalas:
- Políticas que cuidan: volver a fomentar las políticas que cuiden a las ciudadanas y ciudadanos del país, reforzando las acciones políticas encaminadas a reforzar los servicios públicos, así como potenciar un Estado del Bienestar que sea capaz de dar seguridad a la población.
- Familias y afectos diversos: Ir más allá de la familia nuclear para crear redes de apoyo mutuo, como las “familias de elección” del colectivo LGTBIQ+ o las “otras madres” de las comunidades afroamericanas. Un “cuidado promiscuo” que nos conecte con extraños y vecinos.
- Comunidades que cuidan: Fomentar los espacios públicos, las cooperativas, los bancos de tiempo y las redes de ayuda vecinal como antídoto al aislamiento.
- Estados que nos cuidan: Transformar el Estado para que garantice derechos y bienestar para todos sus habitantes (sean ciudadanos o no), repare injusticias históricas y actúe con decisión para proteger nuestro entorno.
- Economías al servicio de la vida: Desmercantilizar sectores clave como la sanidad, la educación o la vivienda. Regular la economía para que el objetivo no sea el beneficio infinito, sino el bienestar colectivo.
- Cuidar el planeta: Entender que no hay cuidado posible sin un planeta sano. Poner la sostenibilidad y la justicia ecológica en el centro de todas las decisiones.
Del dicho al hecho: ¿Quién está aplicando la revolución de los cuidados?
Al poco de acontecer la pandemia, la palabra “cuidado” estuvo más presente en el discurso de los gobiernos. Se prometieron reformas en sanidad o dependencia y se lanzaron paquetes de ayuda económica. Sin embargo, en los últimos años, especialmente a partir de la Guerra de Ucrania, ha impulsado la reacción contraria. Una reforzada línea de pensamiento, que no solo promueve el individualismo a ultranza, sino que pretende desmantelar el Estado del Bienestar, basándose en una respuesta emocional basada en el miedo y el odio, ha puesto en riesgo los avances conseguidos durante décadas. Además, aparentemente, aunque nos sean familiares algunas acciones que aparentemente fomentan los cuidados, el Manifiesto nos alerta del riesgo de “carewashing”: adoptar la retórica del cuidado sin realizar cambios estructurales profundos, manteniendo intactos los sistemas neoliberales que consiguen que los cuidados solo sean alcanzables para aquellos que se los puedan pagar.
A menudo, la aplicación más auténtica y transformadora de estos principios viene de abajo, de las organizaciones no gubernamentales y los movimientos sociales. Son estas iniciativas, desde redes feministas que luchan contra el agotamiento activista hasta comunidades que crean sus propias redes de ayuda mutua, las que actúan como “antídotos directos” a las deficiencias sistémicas. Estas iniciativas demuestran que el cuidado colectivo es una necesidad práctica que nace allí donde el Estado no llega.
Una reforzada línea de pensamiento, que no solo promueve el individualismo a ultranza, sino que pretende desmantelar el Estado del Bienestar, basándose en una respuesta emocional basada en el miedo y el odio, ha puesto en riesgo los avances conseguidos durante décadas
También creo, que es bueno y positivo mencionar que los principios de este Manifiesto se alinean ampliamente con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, no solo haciendo una mención explícita del trabajo de cuidado no remunerado en el ODS 5.4 “Reconocer y valorar los cuidados y el trabajo doméstico no remunerados mediante servicios públicos, infraestructuras y políticas de protección social, y promoviendo la responsabilidad compartida en el hogar y la familia, según proceda en cada país” sino tejiendo toda una red de relaciones con el resto de ODS, tal y como puedes ver en esta tabla.
Nuestras aulas, laboratorios de cuidado: Un antídoto contra el individualismo feroz
Y aquí llegamos nosotros, los docentes. ¿Cómo resuena todo esto en nuestros centros educativos? Nuestras aulas son, a menudo, un reflejo de esa cultura individualista que critica el Manifiesto. A veces, sin reflexionar previamente, de una manera totalmente inercial, fomentamos la competición, el “sálvese quien pueda” académico y un aprendizaje que aísla más que une. Medimos el éxito en solitario y olvidamos que aprender es, fundamentalmente, un acto social.
Pero no tiene por qué ser así. La escuela puede y debe ser el principal bastión contra esta tendencia. Podemos convertir nuestras aulas en verdaderos laboratorios de cuidado colectivo. ¿Cómo?
- Creando equipos de cuidado: Fomentar la colaboración real entre tutores, orientadores, especialistas y familias para dar una respuesta integral a las necesidades del alumnado. Es muy recomendable contar con un Equipo y un Programa de Mediación bien “engrasado”.
- Integrando el aprendizaje social y emocional (SEL): Dedicar tiempo y espacio a gestionar emociones, construir relaciones sanas y fomentar la empatía. ¡Es tan importante como la sintaxis o las ecuaciones! He tenido la suerte de ser uno de los docentes elegidos para aplicar el programa Henka como tutor, os puedo asegurar que se notaron los resultados.
- Aplicando una mirada informada sobre el trauma: Ser conscientes de que muchos de nuestros alumnos cargan con mochilas pesadas y necesitan un entorno seguro y de confianza para poder aprender.
- Fomentando la responsabilidad compartida: El bienestar del aula es cosa de todos. Si un compañero se queda atrás, no es solo su problema. Esto combate el agotamiento docente y crea un clima de apoyo mutuo. Trabajar en la implantación de iniciativas como “Ecoescuelas”, “Alumnos tutores”, “Ayudantes TIC” y otras similares, puede favorecer que nuestro alumnado desarrolle ese sentido del bien común y la responsabilidad individual y colectiva. En definitiva, favorecer un clima de confianza, esa de la que ya os hablé en una publicación anterior, y que mi querido filósofo de confianza David Pastor Vico, te ayudará a llevar a tuas aulas de Bachillerato.
- Diseñando pedagogías inclusivas: Hablar abiertamente de poder, de privilegio y de justicia social. Asegurarnos de que todas las voces e identidades se sientan reconocidas y valoradas.
Los beneficios son inmensos: mejora la salud mental de todos, se reduce el estrés, aumentan los resultados académicos, se fortalece la cohesión del grupo y, lo más importante, preparamos a nuestros estudiantes para ser ciudadanos comprometidos y compasivos. En definitiva, y como enfatizaría mi querido y admirado director “Lo más importante es enseñarles a ser buenas personas”, que es precisamente lo que el mundo que nos ha tocado vivir necesita con más urgencia.
Nuestra responsabilidad es nuestra oportunidad ¿Cómo podemos sembrar futuros alternativos desde el aula?
Llegados a este punto, es fácil pensar: “Todo esto suena muy bien, pero mi realidad son los ratios, la burocracia y un currículo interminable”. Y es cierto. La presión es enorme y nadie nos pide que solucionemos el mundo desde nuestras aulas.
Sin embargo, tenemos una responsabilidad y, sobre todo, una oportunidad única. Nuestro trabajo es, si lo pensamos bien, en su esencia más profunda, un trabajo de cuidados. Cuidamos el potencial de nuestros alumnos y su bienestar, cuidamos el conocimiento para que no se pierda y cuidamos el futuro que ellos construirán.
Frente a la crisis climática y de biodiversidad, podemos enseñar a cuidar el planeta. Frente a la crisis social y económica, podemos crear comunidades de aula donde prime el apoyo y colaboración mutuas sobre la competencia. Frente al auge del militarismo y los discursos de odio, podemos educar en el diálogo, la empatía y la resolución pacífica de conflictos.
La escuela no puede ser neutral. Es el lugar donde las nuevas generaciones aprenden a imaginar el mundo. Si solo les ofrecemos el modelo del individualismo y la competencia, perpetuaremos y agravaremos los problemas que nos han traído hasta aquí. Pero si convertimos nuestras aulas en pequeños ecosistemas de cuidado, estaremos sembrando las semillas de una alternativa real.
Entonces ¿Qué es lo que puedo hacer como docente?:
- Empieza por ti: Reflexiona sobre cómo te cuidas a ti mismo y a tus compañeros de claustro. El cambio empieza por nuestro propio bienestar, algo que empezó a empeorar sustancialmente durante y después de la pandemia, seguro que lo notaste.
- Habla con tu alumnado: Pregúntales qué significa para ellos “cuidar”. Abre el debate. Seguro que te sorprenderán sus respuestas y podrán ser un maravilloso punto de partida para pensar en la mejor manera de enseñarles las distintas formas de cuidados.
- Introduce una pequeña práctica: Quizás un espacio en tu tutoría grupal semanal, un proyecto cooperativo enfocado en ayudar a la comunidad (Aprendizaje Servicio) o simplemente dedicar más tiempo a las tutorías personales. Si tienes la suerte de disponer de proyectos como los que te he mencionado ante (Ecoescuela, Alumno tutor, Radio Escolar, entre otros) aprovecha las oportunidades que te brindan esos espacios de encuentro, diálogo y acción.
- Busca aliados: Comparte este artículo con un compañero o compañera. Cread un pequeño grupo de trabajo para pensar juntos cómo hacer vuestro centro un lugar más cuidador.
No necesitamos permisos ni grandes presupuestos para empezar a tejer una red de cuidados en nuestros centros. Solo necesitamos la convicción de que educar es el acto más esperanzador que existe. Y que cuidar, hoy más que nunca, es un acto revolucionario.
Profesor de Educación Secundaria y Bachillerato. Ambientólogo y Docente de Cambio Climático acreditado por Naciones Unidas #ClimateChangeTeacher.
Creador del proyecto Aula Pública.
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