
Clara Campoamor tenía razón
- publicado por Manuel Fernández Luccioni
- Categorías Blog, Feminismo, Historia, Novela Gráfica
- Fecha 3 de noviembre de 2025
- Comentarios 0 Comentarios
- Etiquetas #CómicsconHistoria, Alicia Palmer, Clara Campoamor, Garbuix Cómics, Geografía e Historia 4º ESO, Historia de España 2º Bachillerato, Montse Mazorriaga, Novela gráfica, Sufragio femenino, Victoria Kent
Edición nacional: Garbuix Books, 2021. |
Guion: Alicia Palmer. |
Dibujo: Montse Mazorriaga. |
Color (portada): Montse Mazorriaga. |
Maquetación y rotulado: Gabriel Regueiro. |
Corrección: Joana Castells. |
Formato: Rústica con solapas, 168 páginas. |
ISBN: 978-84-123326-2-9 Precio: 18,00€ (Una mujer, un voto – Garbuix Books) |
Sinopsis:
Una mujer, un voto no es una biografía sobre Clara Campoamor. Más bien es un ensayo histórico sobre el largo y arduo camino que las mujeres españolas tuvieron que atravesar hasta lograr el sufragio para ellas y para las generaciones de mujeres que vendrían después de ellas (amén de la casi interminable interrupción franquista).
Decimos que es un ensayo porque esta no es una novela gráfica al uso, dado que su guionista, Alicia Palmer, se ha preocupado por estudiar no solamente el contexto histórico, sino que ha indagado hasta el punto de reproducir fidedignamente algunos de los intercambios dialécticos que se dieron en el parlamento en las fechas más trascendentales para la consecución del sufragio por parte de las mujeres en 1931 y con posterioridad.
Al mismo tiempo, las autoras nos introducen en la historia ficcionada de M. Luz Lázaro, una joven que llega a Madrid para trabajar en la Real Fábrica de Tabaco y que vive en primera persona las desventajas a nivel laboral y social que sufre por el hecho de ser mujer.
A través de este personaje exploramos no solamente las injusticias salariales, sino también los mecanismos solidarios que la sororidad (aunque todavía no lo llamasen así) fue tejiendo entre las trabajadoras de la fábrica, o el cada vez mayor interés por parte de algunas de ellas por participar activamente en la actividad sindical o conocer de primera mano las reclamaciones de equidad que las primeras feministas españolas expresaban en público en conferencias.
Precisamente es a través de los avatares de la vida de nuestra protagonista como conectamos las dos realidades, ya que M. Luz primero conoce a un obrero con el que empieza a salir y posteriormente se queda embarazada de él, pero no quiere decírselo porque sabe que si lo hace este la instará a casarse y que con ello perdería su trabajo, sus amistades y su libertad para tomar decisiones por sí misma.
Por si fuera poco, el contexto político en España también estaba bastante convulso, porque nos encontramos en los años del rápido cambio de las dictaduras de Primo de Rivera y de Berenguer a la democracia de la II República española.
Uno de los aspectos más interesantes de la obra es que nos mete de lleno en la Comisión para la elaboración de la Constitución republicana, donde participó activamente Clara Campoamor. Es aquí donde podemos ver la tenacidad con la que Campoamor luchó por el derecho al sufragio femenino y las dificultades dialécticas y de toda índole que tuvo para persuadir y convencer a una mayoría de la cámara para que la aprobasen.
Y lo más interesante, la obra no solamente analiza cómo finalmente se consiguió el sufragio femenino al aprobarse la Constitución, sino cómo se siguió blindando este derecho durante los siguientes meses para que las mujeres en España pudiesen votar por primera vez en noviembre de 1933 y por segunda vez en febrero de 1936. Lamentablemente, poco después llegó la guerra y por su desenlace hubo que esperar más de cuarenta años para que los españoles, independientemente de su sexo, volvieran a acudir a las urnas.
Esta es por tanto una obra que debería leerse en los institutos, pero que incluso a los adultos tampoco les vendría mal hojear para evitar los lugares comunes que existen con respecto a la cuestión de la consecución del sufragio femenino en España.
Contexto histórico:
“Las mujeres en España pueden ser reinas, pero no electoras”
Uno de los datos más sorprendentes que nos podemos encontrar cuando estudiamos la cuestión del sufragio femenino en España es que sus inicios a nivel legislativo se remontan mucho antes de lo que todo el mundo se piensa.
Tenemos que remontarnos hasta el año 1877 para encontrar la primera propuesta de siete diputados conservadores, entre los que se encontraba Manuel de Burgos (Moguer, 1862-Moguer, 1946), en la que se solicitó el derecho al sufragio para las viudas y mujeres cabeza de familia que tuvieran propiedades.
En este caso lo más importante no era tanto darle el voto a la mujer, puesto que la inmensa mayoría de mujeres no cumplían con la segunda condición, que era la fundamental en dicha propuesta, ya que lo que se intentaba blindar era a las cabezas de familia independientemente de su género.
Varias décadas más tarde llegó el segundo proyecto legislativo, que es el que encabezó Francisco Pi y Arsuaga (Madrid, 1866-Madrid, 1912) en 1908, proponiendo que se les otorgase el voto a las mujeres que fueran cabezas de familia y mayores de 23 años, quedando de lado la condición de que fueran o no propietarias. Esta iniciativa no prosperó porque solamente consiguió 25 votos a favor por 64 votos en contra.
Diez años después volvemos a encontrarnos con Manuel de Burgos, quien en septiembre de 1919 realizó una nueva propuesta en la que otorgaba el sufragio a todas las personas mayores de 25 años (independientemente de su género), pero con la salvedad de que solamente los hombres podrían ser elegidos para ser representantes en sede parlamentaria. En la misma propuesta, Manuel de Burgos especificó que para llevarlo a cabo serían necesarios dos días de comicios, uno para cada género para que pudieran votar por separado.
Finalmente, la propuesta quedó en vía muerta porque el gobierno de Joaquín Sánchez de Toca (Madrid, 1852-Pozuelo de Alarcón, 1942) cayó en diciembre de 1919 y el siguiente gabinete no continuó con la iniciativa legislativa.
La siguiente parada en nuestro recorrido la encontramos en 1924, en plena dictadura de Miguel Primo de Rivera (Jerez de la Frontera, 1870-París, 1930), cuando se promulgó un Decreto-Ley por el cuál a nivel municipal tanto hombres como mujeres podían ser electores a partir de los 23 años y elegibles como representantes a partir de los 25 años. Eso sí, en el caso de las mujeres se especificaba que tenían que estar o bien emancipadas o ser ya viudas para ser tenidas en cuenta.
Esta ley ha dado lugar a ríos de tinta porque en una lectura superficial y maniquea lleva a pensar que el dictador promovió el voto femenino. La realidad no es tan bonita como la pintan, puesto que la renovación de los ayuntamientos durante los años de la dictadura de Primo de Rivera no se realizaron mediante el sufragio, sino que se hacían por designación, por lo que aunque encontramos ejemplos de mujeres ejerciendo el poder a nivel municipal durante la Dictadura, como Matilde Pérez Mollá (Cuatretondeta, Alicante, 1858-Lugar desconocido, 1934) que fue la primera alcaldesa de la Historia de España en la localidad alicantina de Cuatretondeta, o Carmen Resines, que la primera teniente de alcalde en San Sebastián), ninguna de ellas llegó ahí por el voto de ningún ciudadano o ciudadana.
La razón fundamental por la que la medida de Primo de Rivera se quedó en lo que popularmente llamamos un “brindis al sol” fue porque en ningún momento durante la Dictadura se elaboraron censos, que es la herramienta básica para poder otorgar el voto efectivo a cada persona. No obstante, esto no le resta importancia al hecho de que este Decreto-Ley sí fuera tomado como punto de referencia para las solicitudes efectivas del derecho del sufragio femenino que fueron promovidas en los siguientes años.
Asimismo, hay que tener en cuenta que ya en 1925 se alzaron voces desde el feminismo como la de María Cambrils (El Cabañal, Valencia, 1878, Pego, Valencia, 1939), quien publicó el libro Feminismo socialista para arengar a su propio partido a que acogiese los postulados feministas y los hiciera suyos antes de que se los apropiase la Iglesia.
Otro elemento a tener en cuenta es el plebiscito que Primo de Rivera realizó en 1926 para visibilizar el favor que el pueblo otorgaba a la Dictadura con el objetivo de que Alfonso XIII (Madrid, 1886-Roma, 1941) autorizase a crear una Asamblea Nacional con la que dar más solidez al nuevo régimen. Para ello, el dictador convocó a los hombres y mujeres mayores de 18 años para que votasen los días 11, 12 y 13 de septiembre de dicho año.
Para dicho plebiscito se hizo un censo en el que las mujeres representaban un 52% del total, dando su apoyo explícito al dictador un 40% de las mismas, que es un porcentaje similar a los hombres que le apoyaron. En total fueron más de 6,5 millones de personas quienes acudieron a dar su convocatoria.
Lo llamativo en este caso es que las mujeres participaron muy activamente en el plebiscito, no solamente votando, sino ocupando puestos en las mesas de votación como interventoras, lo que llamó la atención de los políticos varones de todas las ideologías.
Acto seguido, Primo de Rivera tuvo otro gesto vacío pero muy tenido en cuenta en algunos sectores. En noviembre de 1926 y a través de la Junta Central del Censo, se anunció que se las tendría en cuenta en el censo de las futuras elecciones. Lo malo es que no habría elecciones a la vista mientras durase el régimen…
Finalmente, el monarca accedió a convocar la Asamblea Nacional a partir de septiembre de 1927, una institución política que nació teóricamente para servir de contrapeso al Ejecutivo de Primo de Rivera, pero que en la práctica no ostentó en ningún momento la Soberanía Nacional ya que los y las parlamentarias fueron designados por los propios estamentos de la Dictadura.
Como hemos visto en una fotografía anterior, la institución se ubicó en el actual Congreso de los Diputados y a él accedieron un total de 15 mujeres, aunque muy pronto dos de ellas, Esperanza García de la Torre y sobre todo Dolores Cebrián (Salamanca, 1881-Madrid, 1973), que era la esposa de Julián Besteiro (Madrid, 1870-Carmona, 1940), renunciaron porque estaban alejadas de los postulados del Régimen.
Entre las que sí se quedaron nos encontramos a mujeres procedentes de familias nobles y católicas y que además eran simpatizantes del Régimen. Destacamos por una parte a la más longeva de todas, Isidra Quesada y Gutiérrez de los Ríos (Madrid, 1851-Madrid, 1941), que había sido dama de las reinas Mª Cristina de Habsburgo-Lorena (Brno, 1858-Madrid, 1929) y de Victoria Eugenia de Battenberg (Castillo de Balmoral, Aberdeenshire, 1887, Lausana, 1969), de 76 años en ese momento, y también a Concepción Loring Heredia (Málaga, 1868-Madrid, 1935), que fue la primera mujer que intervino en un parlamento en España.
Precisamente en dicha intervención Concepción Loring comenzó disculpándose al inicio de su intervención para después solicitar a la cámara que se debatiese la incumbencia de que la Religión fuese una enseñanza obligatoria en los institutos de su tiempo.
Es precisamente aquí donde Clara Campoamor (Madrid, 1888, Lausana, 1972) se cruza en nuestro camino, ya que, aunque todavía no había entrado en política, sí que era cada vez más notoria su presencia en la esfera pública.
Cabe destacar en ese sentido que la figura de Clara Campoamor responde perfectamente al arquetipo de persona hecha a sí misma, porque no dejaba de ser la hija de una costurera y de un contable del por entonces humilde barrio de Maravillas (actual Malasaña) que tuvo que buscarse la vida tras el fallecimiento prematuro de su padre en 1898, cuando ella tenía diez años.
Ello explica que tuviera que trabajar desde muy joven como costurera, dependienta y telefonista y que solamente pudiera prosperar sacándose oposiciones, primero la de auxiliar de telégrafos, donde la destinaron en Zaragoza y San Sebastián, para más tarde sacarse la plaza en el Ministerio de Instrucción Pública, volviendo a Madrid y ejerciendo como profesora de taquigrafía y mecanografía en la Escuela de Adultas ya en 1914.
Es en los siguientes años en los que ella alternó este trabajo con el de secretaria del director del periódico La Tribuna, momento en el que entró en los ambientes periodísticos y sus primeros pasos en el activismo sufragista, conociendo a defensoras de los derechos de las mujeres como las escritoras Eva Nelken (Madrid, 1898-Ciudad de México, 1966) y Carmen de Burgos.
Clara Campoamor logró licenciarse en la carrera de Derecho en 1924 y en febrero de 1925 se colegió como abogada, convirtiéndose en la segunda en hacerlo en España después de Victoria Kent (Málaga, 1898-Nueva York, 1987). El despacho en el que trabajaba estaba en la Plaza del Infante Alfonso (actualmente la Plaza de Santa Ana) y pronto se especializó en asuntos relacionados con los derechos de la mujer, como el divorcio, el reconocimiento de los hijos fuera del matrimonio por parte del padre y la abolición de la prostitución. Así es como en marzo de 1928 pronunció una conferencia en la Academia de Jurisprudencia y Legislación titulada “Antes de que te cases”.
El ambiente de hostilidad y crispación contra el gobierno de Berenguer y la monarquía de Alfonso XIII no dejó de crecer en los siguientes meses. Tanto es así que se formó una coalición transversal entre políticos de diversa índole para acabar al mismo tiempo con ambas instituciones y proclamar la II República, es lo que conocemos historiográficamente como el Pacto de San Sebastián y en el que ya estarían los principales representantes del Gobierno Provisional a partir de abril de 1931.
Ello se evidenció en el fracasado levantamiento de Jaca del 12 de diciembre de 1930, que acabó con el Consejo de Guerra para los militares participantes al día siguiente y con e fusilamiento de Fermín Galán (San Fernando, 1899, Huesca, 1930) y de Ángel García (Vitoria, 1899-Huesca, 1930) dos días después. El resto de los colaboradores fueron condenados a cadena perpetua, pero serían amnistiados con la llegada de la República pocos meses después.
A todo esto, a mediados de febrero de 1931 se disolvió la Asamblea Nacional, por lo que las 13 mujeres que habían en la Asamblea volvieron a sus tareas previas y Dámaso Berenguer fue cesado el día 18 de febrero como Presidente del Consejo de Ministros, siendo sustituido por el almirante Juan Bautista Aznar (La Coruña, 1860-Madrid, 1933).
Durante su corto mandato, Elisa Soriano Fisher (Madrid, 1891-Madrid, 1964) dio una conferencia en marzo de 1931 sobre crianza y aborto, sobre todo señalando prácticas abortivas clandestinas que ponían en riesgo la vida de las gestantes y que esperaba que con la llegada inminente de la República el Estado regulase la interrupción del embarazo desde las primeras semanas.
Por otra parte, y como era de prever, las mujeres se quedaron fuera una vez más de votar en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931. Total, como se decía que el voto del hombre era un voto familiar, más de uno daba por sentado que las mujeres también votaban de esa forma tan particular.
Donde sí hubo una participación femenina más que notable fue en la celebración de los resultados electorales, los cuales se entendieron como un plebiscito entre monarquía o república y que llevaron a la gente a salir a la calle a celebrar que la familia real tomo el camino del exilio el 13 de abril de 1931, dejando vía libre a la proclamación de la II República el 14 de abril a partir de un Gobierno Provisional que, como hemos dicho ya, estuvo formado por políticos de distinto signo político y que estuvieron en el Pacto de San Sebastián.
Para sorpresa de nadie, no hubo ninguna mujer en el primer ejecutivo provisional republicano. Lo más reseñable es que Victoria Kent fue nombrada Directora General de Prisiones, que era un cargo de responsabilidad bastante alto dentro de la Administración General del Estado.
Mientras tanto, Clara Campoamor, con quien va a tener una carrera paralela, dio una conferencia a finales de abril de 1931 en la Casa de las Siete Chimeneas, que hoy es la sede del Ministerio de Cultura (junto con otro edificio adyacente) y que entonces era la sede del Lyceum Club, que era una importante asociación de sufragistas españolas. En la misma se presentó como especialista en separaciones y patria potestad y estuvo desglosando la jurisprudencia relativa a dichos asuntos en ese momento.
Por otra parte, el 10 de mayo de 1931 el Gobierno Provisional aprobó el llamado “Decreto de las faldas”, por el cual tanto las mujeres como los curas pasaban a ser elegibles como diputados. En ese momento también se modificó la ley electoral de 1907 por la que se rebajaba la edad de voto a los hombres pasando a los 23 años.
Como casi cualquiera se puede imaginar, esta coincidencia (o más bien causalidad) removió mucho el ánimo en el electorado, dado que fraguó el mito de que los intereses de la Iglesia y de las mujeres eran inseparables y que por lo tanto si se les otorgase el sufragio a las mujeres, estas, al seguir los designios de la Iglesia, entorpecerían los avances de la República o acabarían con ella nada más nacer. Es lógico que personajes como Clara Campoamor o Victoria Kent se mostrasen contrariadas con esta coincidencia.
Así pues, el 28 de junio de 1931 se produjeron las elecciones a las Cortes Constituyentes, de modo que tanto Clara Campoamor como Victoria Kent se presentaron por la candidatura conjunta Republicano-socialista. Ambas sacaron su acta de diputada en la apertura de las Cortes Constituyentes el 14 de julio de 1931. Más tarde, en noviembre se incorporaría la tercera diputada electa, Margarita Nelken.
Dentro del Congreso quien tomó rápidamente la iniciativa fue Clara Campoamor, quien se presentó voluntaria para formar parte de la Comisión redactora de la Constitución, siendo la única mujer en dicho grupo de trabajo.
Posiblemente de esto no se habla lo suficiente, pero incluso los comienzos dicha comisión fueron complicados para Clara Campoamor, puesto que tal y como venía redactado el derecho a voto (decía “en principio” para el caso de las mujeres), no era evidente que en la práctica pudiesen votar, por lo que dado que se quedaba en minoría para defender su postura, decidió emitir un voto particular para llevar la votación al Congreso y poder defender allí su postura, delante de todos los diputados y Victoria Kent, que era la única diputada presente en ese momento.
La expectación generada sobre cómo debía ser la redacción definitiva del artículo 34 de la Constitución fue enorme, ya que hubo sufragistas que trajeron cartas a los diputados para que votasen a favor, mientras que en las puertas del Congreso se congregaron más mujeres dando pasquines a los viandantes. Esto último duró poco porque era una concentración no autorizada y fueron disueltas por los guardias.
Con todo, esta cuestión no se resolvió en unos pocos días, sino que se prolongó en el tiempo más de cuatro semanas, ya que hubo enmiendas particulares que rebatían la conveniencia de la redacción que proponía Clara Campoamor. Por ejemplo, el 1 de septiembre, el diputado Arturo Álvarez-Buylla habló sobre los peligros que conllevaba el voto femenino.
Asimismo, el 30 de septiembre vino movido, porque por una parte el PSOE propuso reducir la edad mínima de voto de los 23 a los 21 años, pero sus colegas de la coalición republicana no estuvieron de acuerdo porque consideraba que la juventud se estaba volviendo muy extremista y no les convendría.
En la misma sesión, el diputado del Partido Republicano Federal, Manuel Hilario Ayuso (Burgo de Osma, 1880-Madrid, 1944), realizó una enmienda en la que decía que los varones debían seguir votando a los 23 años, mientras que las mujeres deberían esperar hasta los 45 años, ya que solamente a partir de ese momento no tendrían “disminuida la voluntad, la inteligencia y la psique”. El diputado socialista César Juarros (Madrid, 1879-Madrid, 1942) intervino para defender el sufragio femenino argumentando que no se podía saber si lo harían bien o mal porque nunca se les había permitido votar hasta la fecha. La enmienda de Ayuso quedó desestimada con 93 votos a favor y 153 votos en contra.
Aún sin terminar la jornada, el diputado socialista Rafael Guerra del Río (Las Palmas de Gran Canaria, 1885-Madrid, 1955) señaló que el sufragio femenino debía introducirse como modificación dentro de la Ley Electoral, no como una parte de la Constitución, porque de hacerlo así pondría en peligro la propia supervivencia de la Constitución.
Por su parte, la enmienda más folclórica fue la presentada por el diputado de Acción Republicana, Pedro Rico López (Madrid, 1888-Aix-en-Provence, 1957), quien argumentó que no tenía sentido hablar de igualdad en el sufragio porque nunca se había dado en la vida real, dado que las mujeres no prestaban el servicio militar. También comentó el diputado que la falta de emancipación femenina era secular y que necesitarían al menos una generación de educación y libertad democrática para que estuvieran preparadas para votar.
No obstante, lo más duro vino el 1 de octubre de 1931, el día que se votaba la aprobación de la redacción del artículo 31. Antes de proceder, el propio partido de Clara Campoamor la enfrentó a la otra única mujer diputada que había en la cámara con la idea de desacreditarla y dar a entender que las mujeres ni siquiera se entienden entre ellas y que cómo se las iba a dejar votar.
La lucha dialéctica fue intensa, porque mientras que Victoria Kent intentó demostrar que las mujeres todavía no estaban preparadas para poder votar por su inacción en temas políticos de actualidad, por su falta de conciencia republicana y haciendo una distinción que hoy nos podría parecer clasista entre las pocas republicanas universitarias y las muchas republicanas obreras, Clara Campoamor fue desmontando uno a uno todos estos argumentos. De hecho, utilizó un estudio estadístico de principios de siglo del pedagogo Lorenzo Luzuriaga (Valdepeñas, 1889-Buenos Aires, 1959) para demostrar que en porcentajes no había en España una gran diferencia de analfabetismo por sexos y que existía una tendencia evidente para afirmar que en el caso de las mujeres la disminución del analfabetismo sería más rápida que en el caso de los hombres, que es algo que se ha acabado cumpliendo si hiciéramos este estudio a nivel universitario en la actualidad.
Por lo tanto, para Clara Campoamor no había ninguna razón de fondo que inhabilitara el sufragio femenino y no se podía afirmar tampoco que otorgarle el sufragio a las mujeres fuera negativo para el nuevo régimen republicano, sino más bien al contrario.
Por último y antes de votar, Rafael Guerra del Río jugó su última baza, que fue la de querer votar por separado el bajar la edad de voto para los hombres y por otra parte el sufragio femenino, pero el presidente de la Comisión de la redacción de la Constitución, que era Luis Jiménez de Asúa (Madrid, 1889-Buenos Aires, 1970) no dejó que se procediera así y se votaron las dos medidas al mismo tiempo.
Pese a que personajes tan ilustres en la vida política española como Manuel Azaña (Alcalá de Henares, 1880-Montauban, 1940), Indalecio Prieto (Oviedo, 1883-Ciudad de México, 1962) y Alejandro Lerroux (La Rambla, Córdoba, 1864-Madrid, 1949), este último presidente del partido político de Clara Campoamor, entre muchos otros se salieron del hemiciclo para no votar esta medida (se calcula que la mitad de la cámara se abstuvo) el resultado final fue de 161 votos a favor y 121 votos en contra, por lo que finalmente el sufragio femenino pleno se consiguió integrar en la Constitución republicana de 1931.
A pesar de los infundios que se suelen leer en la actualidad, es sencillo volver a las actas de sesión del 1 de octubre y ver que 84 de los votos a favor procedieron de diputados del Partido Socialista, además de otros votos de diputados de partidos de derechas y otros de republicanos gallegos y catalanes.
La reacción no se hizo esperar. Toda la prensa escrita se hizo eco del resultado de la votación al igual que del tenso debate previo. Incluso hubo artículos de opinión, como el de Matilde Huici (Pamplona, 1890-Santiago de Chile, 1965) en El Sol, donde se criticó la falta de compromiso de los principales partidos republicanos, ya que hubo la sensación general de que el sufragio femenino se ganó por abstención más que por convencimiento. Pero esta historia no termina aquí.
Ya le hubiera gustado a Clara Campoamor poner el punto final a la lucha por el sufragio femenino con la votación del 1 de octubre de 1931, pero posteriormente le tocó enfrentarse a la marejada que dejó la medida en la sociedad española, porque como ya se sabe, lo que hoy se introduce con votos a favor, mañana se puede desmontar con votos en contra y había mucho insatisfecho con el resultado de aquel día.
Así, el 1 de diciembre de 1931, el diputado de la Izquierda Republicana Matias Peñalba presentó una enmienda en la que se solicitaba el aplazamiento del voto femenino entre ocho y diez años. Finalmente, no salió adelante por 127 votos a favor y 131 votos en contra, siendo el momento en el que más cerca se estuvo de perder el sufragio. En este caso se ausentaron varios de los partidos de derechas que originalmente habían apoyado el sufragio, por lo que ya no se podía decir que el sufragio era un deseo de los partidos de derechas.
Asimismo, todo el año 1932 fue complicado, porque en diciembre el gobierno planteó convocar elecciones parciales para cubrir ocho vacantes en el parlamento, señalando que no podrían votar las mujeres para no alterar el modo en el que se eligió al resto de la cámara y principalmente porque un año después de aprobar el sufragio femenino, no había un censo que las permitiera votar. En este sentido, Clara Campoamor señaló en sede parlamentaria que la falta de la actualización en el censo no solamente perjudicaba a las mujeres, sino también a los jóvenes varones que podrían acudir a las urnas por primera vez al ser mayores de 23 años. Finalmente, esta convocatoria parcial de elecciones no se llegó a dar.
Como puntilla llegamos a los sucesos de Casas-Viejas, en la provincia de Cádiz, un enfrentamiento entre campesinos anarcosindicalistas contra los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, en este caso la guardia de asalto y la guardia civil. El enfrentamiento se saldó con catorce campesinos, un guardia de asalto y dos guardias civiles muertos y un descrédito importante para el gobierno republicano del Bienio Reformista.
Una vez convocados los comicios, Clara Campoamor se puso en marcha junto con muchas compañeras para hacer campaña por su partido, el Republicano-socialista recorriéndose todo Madrid. Se sabe que la campaña por la captación del voto femenino fue muy agresiva y así participó también Clara Campoamor, dando varios mítines al día y conduciendo ella misma por las carreteras de Madrid. Se ha llegado a contabilizar que en uno de los días de esa campaña ella llegó a dar hasta seis mítines en localidades diferentes.
Lo más llamativo de la jornada electoral tal y como cuentan las fuentes es que muchas mujeres antes de ejercer su derecho al voto se fueron a buscar a las listas del censo, ya que les parecía muy sorprendente ver su nombre allí. Finalmente, en noviembre de 1933 votaron más de 15 millones de españoles, siendo mujeres más de la mitad de esta cifra.
El resultado de las elecciones trajo unos resultados previsibles, porque la CEDA de José María Gil-Robles (Salamanca 1898-Madrid, 1980) fue la coalición que consiguió más diputados, pero no la más votada. Ello sirvió a los partidos de izquierda para reafirmarse que no era una buena idea otorgar el sufragio femenino en aquellos momentos, aduciendo a que las mujeres votarían en masa a las fuerzas políticas de derechas por influencia de la Iglesia. También produjo un efecto perverso en la imagen de Clara Campoamor, que se vio como culpable indirecta de estos resultados, por lo que empezó contra ella una campaña de hostigamiento y hasta lo que modernamente podríamos considerar como cancelación que fue más que notable en los siguientes años de su carrera política.
Lo peor es que nada de esto se sustentaba al analizar los resultados políticos de las elecciones de noviembre de 1933, ya que las mujeres votaron mayoritariamente a partidos de izquierda. Lo que ocurrió fue que la desunión de dichos partidos frente a la unión de los partidos de derechas en un contexto donde se beneficiaba electoralmente las coaliciones frente a los partidos independientes es lo que declinó la balanza en favor de la CEDA. Esto es lo que no se supo o no se quiso analizar en su momento.
Como resultado de las elecciones de noviembre de 1933 entraron cinco nuevas diputadas en el Congreso, siendo cuatro de ellas del Partido Socialista: Margarita Nelken, María Lejárraga, Veneranda García-Blanco (Beloncio, Asturias, 1893-Oviedo, 1992) y Matilde de la Torre (Cabezón de la Sal, Cantabria, 1884-Ciudad de México, 1946) y una de la CEDA, que fue Francisca Bohigas (Barcelona, 1892-Madrid, 1973).
Clara Campoamor se quedó sin escaño, pero en diciembre de 1933 el gobierno le asignó la Dirección General de beneficencia, que se puede decir que fue un regalo envenenado, ya que la mayor parte de las organizaciones que se hacían cargo de los pobres en la España de la época eran fundaciones privadas gestionadas por patronatos católicos donde la transparencia en las cuentas brillaba por su ausencia. Es así como Clara Campoamor tuvo que pelearse con estas fundaciones para ver cómo atacar de manera efectiva el problema candente de la mendicidad infantil.
Es sabido que este puesto la desgastó mucho, pero durante los siguientes meses la posición del partido la incomodó especialmente hasta el punto de que presentó su dimisión como miembro del Partido Radical dirigida a Alejandro Lerroux en octubre de 1934. Tras salir de la actividad política partidista, Clara Campoamor dedicó más tiempo a las acciones políticas organizadas desde la URF, como fue por ejemplo la Comisión de cuna y madrinazgo del niño en abril de 1935, por la que se hicieron donaciones de cunas y equipamientos para recién nacidos a familias en situación de exclusión social.
A partir de entonces a Clara Campoamor le sugirieron la idea de hacer de la Unión Republicana Femenina un nuevo partido político, pero ella la desechó la idea pensando en que todavía tendría recorrido en otras formaciones políticas. Por ello mismo en julio de 1935 firmó su adhesión a la Izquierda Republicana, partido de Santiago Casares-Quiroga (A Coruña, 1884-París, 1950), lo que tuvo como consecuencia una fuerte oposición interna ya que en octubre de ese mismo año varios políticos dirigieron cartas incendiarias a la dirección del partido para que el alta de Clara Campoamor no se llevase a cabo.
De hecho, Francisco Barnés Salinas (Sevilla, 1877-Ciudad de México, 1947) llegó a llamar personalmente a Clara Campoamor para pedirle que desistiese a unirse a su partido, ante lo que ella señaló que no lo haría porque no había hecho nada de lo que tuviera que arrepentirse. Finalmente se acabó votando en asamblea interna del partido la aceptación o no de Clara Campoamor y hubo una inmensa mayoría que rechazó esta posibilidad: 183 noes contra 68 síes.
De este modo, Clara Campoamor quedó marcada políticamente, ya que en los siguientes meses, en previsión de un nuevo adelanto electoral, Clara Campoamor quiso esta vez sí unir a la Unión Republicana Femenina para que formase parte del Frente Popular e incluso desde aquí se la rechazó. Es por ello que ella esta vez no hizo campaña para las elecciones de febrero de 1936, marchándose a Londres para participar en una convención de la Federación Internacional de Juristas. Tampoco quiso hacer que la URF fuera un partido independiente porque era muy consciente de que distraería algunos votos del Frente Popular y no quería en absoluto que ello ocasionase la pérdida de las elecciones a las izquierdas (y que la culpasen de nuevo por ello).
Tras las elecciones de febrero de 1936 ganó el Frente Popular, de forma que venía a demostrarse que las mujeres votando a las derechas no eran un factor electoral decisivo.
En este caso volvieron a salir cinco mujeres como diputadas, siendo tres del Partido Socialista: Margarita Nelken, Matilde de la Torre y Julia Álvarez Resano, una del Partido Comunista: Dolores Ibarruri (Gallarta, Vizcaya, 1895-Madrid, 1989) y una del Partido Radical-Socialista: Victoria Kent. Clara Campoamor por su parte escribió en mayo de 1936 un libro titulado El voto femenino y yo: mi pecado mortal, donde explicaba el proceso de persecución política que había sufrido por el hecho de defender el derecho al sufragio de la mujer.
El resto de la historia es tristemente sabida, sobre todo tras los asesinatos del teniente José del Castillo (Alcalá la Real, Jaén, 1901-Madrid, 1936) el 12 de julio de 1936 y del político de Renovación Española, José Calvo Sotelo (Tuy, 1893-Madrid, 1936) el 13 de julio de 1936.
Clara Campoamor nunca regresó a España, falleciendo en Suiza. Así se fomentó que la población la olvidase y no la supiera valorar en justicia.
No obstante, en los últimos años se han realizado varios homenajes a su figura, como la estación de Atocha-Clara Campoamor o el busto que se le dedicó en 2006 en la Plaza de los Guardias de Corps de Malasaña.
Con todo, es probable que ni aún así la ciudadanía contemporánea pueda compensar a Clara Campoamor todo lo que ella hizo por nosotros.
Valoración final:
- Guion
El guion de Alicia Palmer es fascinante porque consigue meternos de lleno en las idas y vueltas que tuvo la lucha por la consecución del sufragio femenino. Ante todo, con mucho rigor.
- Dibujo y color
El trabajo de Montse Mazorriaga también es muy a destacar porque con sus dibujos en blanco y negro nos consigue transportar a una época que tenemos muy cerca y muy olvidada al mismo tiempo. La utilización de fuentes gráficas (principalmente fotografías) como base para los dibujos es excepcional.
+ LO MEJOR
- El rigor con el que está trabajado la obra. Es pura memoria histórica.
- La importancia que tiene tratar este asunto desde la objetividad de las fuentes primarias y ofrecérselo al público lector.
- El aparato crítico al final de la novela gráfica es increíble.
– LO PEOR
Hay saltos temporales que son un poco complicados de seguir.
Aplicación en el aula
Para aprender más...
Profesor de Geografía e Historia. Apasionado por la Historia del Arte y por las novelas gráficas.
El día 1 de cada mes os traeré una nueva reseña de novelas gráficas históricas en la sección #CómicsconHistoria.
Trabaja con la "Expedición Balmis" en tu aula de biología.
También te puede interesar
Descubramos en el aula la vida secreta de los árboles
¿Y si cuidar fuera el corazón de la educación?
