
Cultura para combatir la guerra
- publicado por Manuel Fernández Luccioni
- Categorías Blog, Historia, Novela Gráfica
- Fecha 18 de agosto de 2025
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- Etiquetas #CómicsconHistoria, Alfonso Zapico, Dolmen Editorial, Guerra de Crimea, Historia del Mundo Contemporáneo 1º BACHILLERATO, Novela gráfica
Edición nacional: Dolmen editorial, 2009. |
Guion: Alfonso Zapico. |
Dibujo: Alfonso Zapico. |
Color: Alfonso Zapico. |
Dirección: Jorge Iván Argiz |
Editor: Vicente García |
Diseño gráfico: Amadeo |
Formato: Cartoné, 80 páginas. |
ISBN: 978-84-17956-55-4 Precio: 24,90€ (La guerra del profesor Bertenev – Dolmen Editorial) |
Sinopsis:
La guerra del profesor Bertenev es una historia ficcionada ambientada en la Guerra de Crimea. Su protagonista es Leon Seminorovich Bertenev, un profesor liberal en la Rusia zarista que al tiempo que da clases en la escuela más prestigiosa de Moscú, participa en una publicación clandestina dirigida a intelectuales comprometidos con la llegada de un profundo cambio democrático en el país.
Debido a que los colaboradores de la publicación clandestina caen en una emboscada de la policía zarista, Bertenev fue enviado forzosamente a la guerra de Crimea como represalia, donde vivirá en primera persona los horrores de la guerra siendo él un pacifista declarado.
Inmerso en esta contradicción vivirá Bertenev durante los últimos meses del sitio de Sebastopol, donde las compañías rusas se verán ampliamente superadas en su lucha contra los ingleses y los franceses debido a que su armamento está anticuado y no les permite atacar al enemigo a mucha distancia, lo que les dejaba en una situación de inferioridad manifiesta.
En uno de los lances de batalla, la compañía rusa donde luchaba Bertenev colapsará completamente y varios soldados (entre los que se incluía él) desertarán para salvar la vida ante la derrota segura del ejército zarista. Con todo, aunque Bertenev logrará salvar la vida, caerá en las manos del ejército británico, convirtiéndose en un prisionero de guerra bajo la tutela del capitán Townsend y lo que es peor, en un traidor a los ojos de sus compatriotas rusos, que lo repudian y están esperando el momento de asesinarlo; especialmente el teniente Golitnichef, el antagonista de esta historia.
La relación entre Bertenev y Townsend es uno de los ejes fundamentales de esta novela gráfica, porque mientras el capitán inglés protege al profesor convirtiéndole en su asesor y traductor de la documentación de los oficiales zaristas, Bertenev aporta a Townsend un nuevo sentido de la vida en el que no tiene porqué haber una contradicción entre los sacrificios vinculados al servicio a la patria como soldado y la posibilidad de tener vida personal plena.
Del mismo modo, la novela gráfica también deja ver la desorganización y diversidad que había en el ejército británico, las trifulcas que se montaban por el alcoholismo excesivo de los soldados británicos o la introducción de novedades tecnológicas y sanitarias en el frente, con la llegada de Roger Fenton en persona, que fotografiará a los soldados británicos destinados en Crimea o la de las primeras enfermeras organizadas en el frente, que fue el germen del primer cuerpo sanitario internacional.
En definitiva, La guerra del profesor Bertenev es la epopeya de un idealista que intenta sobrevivir en un mundo en guerra manteniendo en todo momento sus firmes valores democráticos, por lo que es un ejemplo fantástico sobre cómo afrontar situaciones tan difíciles como con las que nos está tocando lidiar en la actualidad.
Contexto histórico:
La primera guerra moderna.
Cuando hablamos en general sobre la Guerra de Crimea (1853-1856) se suele destacar que fue el primer conflicto fotografiado de la Historia, pero no se suele ahondar más en la cuestión, quedándonos frecuentemente en la parte más anecdótica del conflicto.
Por el camino solemos perdernos que fue quizá la primera guerra moderna por el hecho de que la opinión pública de países como Francia o Gran Bretaña tuvieron su peso específico en el conflicto dado que los avances tecnológicos y los incipientes reporteros de guerra, como William Howard Russell (Tallaght, Dublín, 1821-Londres, 1907) hicieron que la población tuviera un conocimiento casi a tiempo real de los desastres de la guerra (incluyendo el número de bajas que iba dejando tras de sí cada batalla). También fue la primera guerra en la que se utilizaron trincheras como elemento defensivo en batalla, las cuales siempre se asocian como novedad a la Primera Guerra Mundial (1914-1919).
Lo más llamativo es que en general desconocemos que este conflicto entre el Imperio ruso por una parte y el Imperio otomano, Francia y Gran Bretaña por otro tuvo su origen en una disputa religiosa, además de otras cuestiones geopolíticas que ahora analizaremos.
Los enfrentamientos entre rusos y otomanos tienen siglos de longevidad, pero las raíces del conflicto que vamos a analizar podemos encontrarlas en el Tratado de paz de Küçük Kaynarca (actual Kaynardzha, Silistria, Bulgaria) de 1774, por el que de forma ambigua el Imperio otomano daría permiso al Imperio ruso para que protegiera a la población ortodoxa de su territorio, lo que indirectamente era facilitar el intervencionismo ruso en la Sublime Puerta (nombre con el que se conocía al Imperio otomano en el contexto diplomático). Esto era mucho decir si tenemos en cuenta que el Imperio otomano abarcaba prácticamente todos los Balcanes y que la población cristiana representaba el 40% del conjunto.
Otro dato a tener en cuenta es que gracias a las mejoras en los medios de locomoción como el ferrocarril o el barco de vapor producidas en la década de 1840 se masificó la llegada de peregrinos ortodoxos en Tierra Santa. Se calcula que eran más de 15.000 los rusos ortodoxos (y subiendo) que celebraban la Pascua en Jerusalén en aquellos años, por lo que ejercían cada vez más influencia en el uso de la Iglesia del Santo Sepulcro en esas fechas.
De hecho, ya en la Pascua de 1846 se produjeron graves incidentes entre la comunidad católica y la ortodoxa por ver cuál de las dos oficiaría primero el servicio del Viernes Santo. El resultado de este choque violento dejó cuarenta víctimas mortales. La prueba de que el conflicto siguió estando latente es que en 1848 el cónsul francés Paul-Emile Botta (Turín, 1802-Achères, 1870) en conjunción con el patriarca latino Giuseppe Valerga (Loano, 1813-Jerusalén, 1872) plantearon hacer una guerra santa para defender los intereses católicos y franceses en la región.
Otro aspecto a tener en cuenta es la visión que desde la Europa occidental se tenía del Imperio ruso, que era visto no solamente como un Estado teocrático y atrasado, sino también como una amenaza comercial en el Mediterráneo en el caso británico (a través del mar Negro) y como un posible rival también por el comercio con la India, ruta que los británicos intentaron proteger a toda costa porque esta era su colonia más productiva. La rivalidad comercial entre rusos y británicos por controlar indirectamente el Imperio otomano se conoció como el Gran Juego.
Desde el punto de vista francés la cosa no era mejor, dado que todavía les seguía pesando la situación de aislamiento internacional como resultado de las políticas del Congreso de Viena de 1815 y veían a los rusos como un Estado opresor. Esta visión tiránica no estaba falta de argumentos, ya que en 1812 de los 40 millones de personas que habitaban el Imperio ruso, 36 millones de personas eran campesinos y de estos, casi todos seguían siendo siervos.
Mención aparte merece la política exterior francesa diseñada por Napoleón III (París, 1808-Londres, 1873), que pretendía sacar a Francia del aislamiento al tiempo que procuraba recuperar la prestancia del país galo como primera potencia a costa de meterse casi en cualquier conflicto que hubiera en Europa en aquellos años. En el caso que nos ocupa, defender las posiciones católicas en Tierra Santa, agarrándose al tratado franco-otomano de 1740, que daba preeminencia a los católicos dentro de los cristianos que se hacían cargo de los Santos Lugares.
No hay que perder de vista que Napoleón III trataba de legitimarse en todo momento en el poder francés, ya que pasó de presidente de la República a dictador y de ahí a emperador en un tiempo relativamente corto (1848-1852).
Como último elemento a tener en cuenta en esta situación geopolítica tan compleja, debemos observar la situación de larga descomposición interna del Imperio otomano, la cual se dejó sentir sobre todo en la parte balcánica, siendo los continuados intentos de independencia por parte de los griegos, rumanos, búlgaros, serbios, etc. una muestra de ello. Y todo ello teniendo en cuenta que en el prolongado periodo entre 1839-1876 conocido como Tanzimat en el Imperio otomano bajo consejo extranjero (principalmente británico) se buscaron incorporar medidas políticas para que el Estado fuera más centralizado y tolerante a nivel religioso con toda la diversidad de etnias y credos que lo componían, al tiempo que se trataban de racionalizar sectores básicos como la administración estatal, la economía y la educación, pero no dieron un gran resultado. Este periodo tan convulso en los Balcanes fue conocido por los diplomáticos de mediados del s.XIX como la Cuestión Oriental.
Como resultado de este cóctel la inestable situación no podía sino explotar y eso que se utilizaron todos los medios diplomáticos disponibles antes del estallido de la guerra.
En febrero de 1853 el zar Nicolás I (Gátchina, 1796-San Petersburgo, 1855) envió a Constantinopla al general Aleksandr Ménshikov (San Petersburgo, 1787-San Petersburgo, 1869) para presionar al sultán otomano Abdülmecid I (Constantinopla, 1823-Constantinopla, 1861) exigiendo que se anulasen las concesiones a los católicos en Tierra Santa para que prevaleciese la posición de los ortodoxos.
Como respuesta, Napoleón III envió el 22 de marzo de ese año una flota al mar Egeo con la intención de presionar al Imperio ruso para que no fuera más allá en sus pretensiones y con la idea también de hacer que los británicos se unieran a esta presión, pero en el gabinete del gobierno de Lord Aberdeen (Edimburgo, 1784-Londres, 1860) no estaban convencidos porque no querían entrar en una eventual guerra del lado francés por las rencillas históricas que todavía proseguían entre ambas potencias.
Con todo, la chispa se encendió cuando el 5 de mayo Ménshikov volvió a Constantinopla con la intención de persistir en su postura negociadora, aunque de una forma algo más suave que la primera vez. La respuesta que encontró por parte de los otomanos fue un no rotundo, dado que estos siguieron las recomendaciones del embajador británico en Constantinopla, Stratford Canning (Londres, 1786-Frant, 1880), que les prometió que en caso de ataque ruso tendrían el respaldo británico.
Los rusos por su parte estaban esperando que el Imperio austriaco de Francisco José I (Viena, 1830-Viena, 1916) accediera a ayudarles en caso de conflicto como ellos sí habían hecho en favor de los austriacos para sofocar la Revolución húngara de 1848, pero dicha ayuda nunca llegó y las negociaciones bilaterales entre rusos y otomanos se rompieron el 21 de mayo de 1853.
Es cierto que después de esto hubo un último intento diplomático de resolver la situación a través de una negociación producida en Viena en el verano de 1853, pero ninguna de las dos partes estaba en disposición de hacer ninguna concesión al contrario y las conversaciones fracasaron nuevamente. De hecho, las señales previas a la guerra estaban encendidas, puesto que el Imperio austriaco había desplegado a 25.000 soldados en sus territorios fronterizos por si los eslavos de los territorios balcánicos del Imperio otomano apoyaban a los rusos y los británicos enviaron una flota al estrecho de los Dardanelos para reunirse con otra flota francesa que llevaba allí fondeada desde marzo de ese año.
La guerra finalmente se inició a finales de junio de 1853 con la ocupación por parte de las tropas rusas de Iván Paskévich (Poltava, 1782-Varsovia, 1856) de Valaquia y Moldavia (en adelante los Principados del Danubio), que es una zona que ya había sido ocupada en junio de 1849 por los rusos hasta 1851, momento en el que fue devuelta al Imperio otomano y que era un punto caliente dentro de la Sublime Puerta porque en Revolución de los Pueblos de 1848 ya se intentaron independizar de estos.
No obstante, la declaración de guerra por parte de los otomanos no se produjo hasta el 16 de octubre de 1853, ya que el sultán Abdülmecid I no pudo aguantar más las presiones internas, puesto que de no hacerlo esto le hubiera supuesto una revuelta islámica dentro de su imperio y sobre todo porque hasta ese momento no contaba con las promesas de apoyo tanto de Francia como de Gran Bretaña (aunque ninguna de las dos entraron en el conflicto al principio de la contienda).
Al inicio de la guerra rusos y otomanos centraron las operaciones en los Principados del Danubio, pero ambas partes iban con el freno de mano puesto ya que los rusos querían azuzar a la población eslava de la región para que se uniera a su causa pero sin perturbar demasiado al Imperio austriaco porque les tendrían en contra en este conflicto, mientras que los otomanos querían evitar precisamente una rebelión eslava en la región y preferían llevar el conflicto al Cáucaso, donde los rusos llevaban décadas expulsando hacia el sur a la población musulmana y donde esperaban tener más apoyos. El problema para los otomanos en este segundo frente era que no tenían manera de llevar refuerzos y avituallamiento al Cáucaso ya que eran los rusos quienes dominaban el mar Negro gracias a la importante base naval que tenían en Sebastopol, en la península de Crimea.
Es por ello que las primeras batallas enfrentaron exclusivamente a los rusos contra los otomanos tanto en Oltenita (actual Rumanía) y en Ajaltsije (suroeste de la actual Georgia), ambas en noviembre de 1853, donde hubo un equilibrio inicial. Más clara fue la victoria rusa en la batalla naval de Sinope, donde la flota del almirante Pável Najímov (Smolensk, 1802-Sebastopol, 1855) destruyó a la flota rusa y encendió las alarmas de franceses y británicos, quienes enviaron a sus flotas al mar Negro en diciembre de 1853 para proteger a los buques otomanos.
El conflicto siguió escalando pese a que la opinión pública francesa empujó a Napoleón III a que buscase una solución diplomática in extremis con la colaboración austriaca como mediador, pero el zar Nicolás I descartó esta posibilidad y finalmente a finales de marzo de 1854 tanto franceses como británicos le declararon la guerra a los rusos. La idea propuesta por el Estado Mayor francés fue la de mantenerse cerca de Constantinopla para prevenir cualquier ataque ruso a la capital otomana, lo cual fue secundado por los británicos de forma no muy entusiasta.
De ese modo, los aliados franco-británicos llegaron en primer lugar al puerto de Varna (este de la actual Bulgaria) para después atacar la región de Silistria, donde lograron entre las tres fuerzas expulsar de allí a los rusos, aunque su retirada también estuvo motivada por el refuerzo que los austriacos hicieron de sus fronteras, ya que cuadruplicaron las tropas que tenían allí pertrechadas.
Por otra parte, aunque los rusos siguieron avanzando en las posiciones del Cáucaso (como la victoria en la batalla de Kurekdere en agosto de 1854), los franceses, ingleses y austriacos realizaron una oferta de armisticio a los rusos en agosto de 1854 que contenía los siguientes puntos:
- Renuncia a la soberanía de los Principados del Danubio.
- Posibilitar una libertad de navegación en el Danubio.
- Revisión de la Convención de Londres de 1841 eliminando el control de la flota rusa del mar Negro.
- El Imperio ruso dejaría de proteger a la población cristiana ortodoxa del Imperio otomano.
Evidentemente, Nicolás I no aceptó ninguna de estas condiciones, por lo que los aliados continuaron la guerra en varios frentes muy dispersos con el objetivo de cortar los accesos marítimos rusos. Así es como en agosto de 1854 se produjo el desembarco franco-británico en la península de Kamchatka (extremo oriental del Imperio ruso), que resultó un fracaso por el desconocimiento del territorio, como el bloqueo del Báltico con los bombardeos de Sveaborg.
Por si fuera poco, tanto franceses como británicos le dieron una vuelta de tuerca a su estrategia, preparando en agosto de 1854 un desembarco en Crimea que no se llevaría a cabo hasta septiembre de ese año. Además, como lo hicieron de forma bastante descoordinada, cuando quisieron llegar todos a la mayor base naval rusa del mar Negro, a los rusos ya les había dado tiempo a desplegar la artillería y 35.000 soldados en los altos del río Alma (aunque dejaron desprotegido un barranco que consideraban inaccesible).
Precisamente en la batalla del río Alma (20 de septiembre de 1854) los franceses y británicos pudieron derrotar a los rusos gracias a la pericia de los zuavos (regimientos de infantería de origen argelino) subiendo el temido barranco y a la utilización de los fusiles minié de ánima rayada, cuyas balas eran gruesas y achatadas tenían varias hendiduras que permitían que las balas tuvieran al mismo tiempo más potencia y afinasen más en el blanco, por lo que producían grandes destrozos en sus víctimas.
Por otra parte, en el otoño de 1854, al inicio del asedio de Sebastopol (que era el punto estratégico principal del Imperio ruso en Crimea) se produjo un hecho que fue muy novedoso en el ámbito militar, que fueron las primeras trincheras excavadas por los franceses en Crimea, que llegaron a tener una longitud total de 120 kilómetros entre ambos bandos a lo largo de los once meses que duró este asedio, aunque en la mayor parte del mismo la ciudad pudo seguir recibiendo alimentos.
Dada esta situación y en un intento por quebrar el cerco a Sebastopol, el Imperio ruso contraatacó en la batalla de Balaclava (25 de octubre de 1854), que acabó con victoria pírrica para los británicos ya que terminaron muy mermados. En la misma se produjo lo que para los británicos se vio como una heroicidad, que una brigada highlander formase una línea cuya formación estaba compuesta por dos hombres y que con ello pudieran rechazar a la caballería rusa. Este episodio fue glosado por Alfred Tennyson (Somersby, 1809-Lurgashall, 1892) en su célebre poema narrativo The Charge of the Light Brigade (1854) y que posteriormente fue un motivo con bastante arraigo en el ámbito británico.
Un segundo intento de romper el cerco a Sebastopol se produjo en los siguientes días, cuando 5.000 soldados rusos salieron desde la ciudad para hacerse con el monte Inkerman, que estaba controlado por los británicos, quienes resistieron una primera embestida a pesar de ser inferiores en número y tener a las tropas fatigadas por no haber podido descansar desde el desembarco en Crimea.
Poco después, el 5 de noviembre hubo un segundo contraataque mucho más contundente, dado que 15.000 soldados rusos comandados por Fiódor Soimónov (1800-Inkerman, 1854) trató de hacerse con la loma de los Cosacos bajo el monte Inkerman. Pese a que las condiciones meteorológicas les fueron favorables y que gracias a la niebla pudieron diezmar a las tropas inglesas dirigidas por John Pennefather (1798-Londres, 1872), fueron los franceses, dirigidos por el general Pierre Bosquet (Mont-de-Marsan, 1810-Pau, 1861) quienes auxiliaron a los británicos y ahuyentaron a los rusos gracias al pánico que les causaba la efectividad de los zuavos. En esta refriega los británicos perdieron 2.357 soldados y los franceses 1.743, pero de los rusos perecieron 11.974, por lo que Ménshikov sugirió la evacuación de Sebastopol para poder reorganizar mejor la defensa de Crimea, ante lo cual el zar Nicolás I se negó categóricamente.
Por si fuera poco, la opinión pública tanto en Gran Bretaña como en Francia empezó a escandalizarse por la cantidad de bajas militares de sus respectivos ejércitos que reportaban los medios de comunicación, presionando a ambos gobiernos para que terminasen la guerra lo antes posible. Esto acabó con la carrera de Lord Aberdeen como primer ministro británico, siendo Lord Palmertson (Westminster, 1784-Hatfield, 1865) su sustituto.
A esto último hay que añadir el temor fundado al terrible invierno ruso, cuyas consecuencias fueron mucho más lesivas para los británicos porque eran los que iban peor equipados para combatir el frío (se les hundió un barco que transportaba la ropa de abrigo) y el escorbuto estaba haciendo estragos entre la tripulación británica, por lo que Lord Raglan (Badminton, 1788-Sebastopol, 1855), que estaba al mando del Estado Mayor británico en Crimea decidió trasladar a los heridos a Scutari (a las afueras de Constantinopla) para que allí pudieran ser tratados por Florence Nightingale (Florencia, 1820-Londres, 1910).
Gracias a ella se dieron cuenta de que la mayoría de los pacientes que recibían en Scutari fallecían por enfermedades infecciosas que poco tenían que ver con heridas que se habían producido en el campo de batalla, por lo que Nightingale puso en marcha una serie de medidas higiénicas que redujo drásticamente la mortandad en el hospital y que fueron el motor de cambio de la enfermería moderna. De hecho, hasta una conocida marca de muñecas realizó en 2020 una representando a Nightingale sosteniendo la famosa linterna con la que hacía ronda de noche en Scutari.
Con todo, mucho peor lo tuvieron los soldados rusos porque en esos momentos el zar no envió refuerzos para romper el cerco a Sebastopol. Además, entre el Estado Mayor ruso existía la conjetura de que de hacerlo podrían provocar la intervención en su contra del Imperio austriaco, que es un extremo que nunca se dio.
Algo que nos puede parecer muy bizarro es que en medio de un conflicto internacional como fue la Guerra de Crimea se acabase metiendo en enero de 1855 el pequeño Reino de Cerdeña a favor de los aliados, donde el rey Víctor Manuel II de Saboya (Turín, 1820-Roma, 1878) y su primer ministro Camillo Benso, conde de Cavour (Turín, 1810-Turín, 1861) lograron una jugada geopolítica magistral para poner en el primer plano de la discusión diplomática la cuestión de la unificación italiana ya avanzado el Risorgimento. Estos participaron con un ejército de 15.000 soldados liderados por Alfonso La Marmora (Turín, 1804-Florencia, 1878), pero su participación en el conflicto fue más bien cosmética.
Por su parte, y ya en una acción a la desesperada, el zar Nicolás I el 17 de febrero de 1855 ordenó atacar la ciudad de Eupatoria (cercana a Sebastopol), que por entonces estaba ocupada por 20.000 soldados otomanos al mando de Omar Pasha (Janja Gora, 1806-Estambul, 1871) para evitar que los aliados se apoderasen del istmo de Perekop, pero el ataque de los 19.000 soldados rusos fue un desastre y el zar acabó falleciendo el 2 de marzo de 1855 a causa de una neumonía aguda que empeoró debido a las pésimas noticias que al zar le llegaban desde el frente. Su sustituto, Alejandro II (Moscú, 1818-San Petersburgo, 1881) no dudó en ningún momento de continuar en el conflicto, que se extendería hasta el otoño de 1856.
En los últimos meses de la guerra, los aliados trataron de hacerse con el estrecho de Kerch para bloquear todas las posibles vías de avituallamiento de la península de Crimea, al tiempo que seguía bombardeando Sebastopol hasta su rendición. Por ejemplo, se ha contabilizado que el 9 de abril de 1855 cayeron 160.000 proyectiles sobre la ciudad causando daños a 4.712 personas entre muertos y heridos.
Del mismo modo, el 24 de mayo los aliados realizaron una ofensiva por hacerse con la ciudad de Kerch y fue tal el éxito que no solamente lo consiguieron, sino que arrasaron también las ciudades vecinas de Mariupol y Taganrog, por lo que el ejército ruso de Sebastopol quedó desde entonces prácticamente aislado, porque el último intento dirigido por el general Mijaíl Gorchakov (Varsovia, 1793-Varsovia, 1861) de socorrer la ciudad también salió mal y ya no tanto por las bajas del ejército ruso, sino por las enormes deserciones que se empezaron a dar.
El penúltimo episodio de la guerra (el último de los aliados) se vivió en la batalla de Malakoff (7 de septiembre de 1855), donde los franceses vencieron a los rusos y acabaron con el último baluarte que quedaba en pie antes de que el 12 de septiembre de 1855 los aliados entrasen en Sebastopol, donde se dieron escenas de pillaje.
Lo que resulta llamativo es que la guerra no terminó justo en ese momento sino varios meses después, pese a que en octubre de 1855 Napoleón III presentó junto con el apoyo de Francisco José I de Austria una propuesta de paz basada en cuatro puntos, pero el zar Alejandro II lo rechazó. Tuvo que esperar hasta enero de 1856, cuando el Imperio austriaco rompió relaciones diplomáticas con el Imperio ruso y Suecia y Prusia les declarasen la guerra para rendirse en vista de que las potencias occidentales podrían llegar a invadir el país.
El 25 de febrero de 1856 se celebró una conferencia de paz en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia en París en los que se acordó que Rusia debía abandonar los territorios del Cáucaso, de Asia Central y de los Principados del Danubio, además de reintegrar al Imperio otomano todos los territorios que les ocuparon durante la guerra. Además, a nivel militar se prohibió a Rusia estacionar buques de guerra en el mar Negro. Con todo, los británicos no salieron completamente satisfechos porque esperaban una humillación absoluta del Imperio ruso que no se había producido en base a sus expectativas.
A modo de conclusión, llama mucho la atención que la perspectiva genérica que hay sobre la Guerra de Crimea es que el protagonismo militar fue británico, que la derrota del ejército ruso fue relativamente fácil por su gran retraso militar (que en parte es cierto porque por ejemplo sus cañones no eran de gran alcance) e incluso da la impresión de que fue un conflicto mucho más corto de lo que realmente aconteció.
Por el contrario, se ha invisibilizado mucho la importancia que tuvo el ejército francés, especialmente el regimiento de los zuavos, de quienes directamente no se suele hablar, al igual que de los otomanos o los sardos.
Por último, frecuentemente se obvia que al final la Iglesia ortodoxa volvió a recuperar su estatus en Tierra Santa (que era el origen del problema), que el Imperio austriaco saldría bastante mal parado en el futuro por la forma en la que gestionó este conflicto, y lo más importante; que el colapso del ejército ruso en Crimea promovió uno de los grandes cambios sociales del s.XIX, que fue la supresión de la servidumbre en Rusia en 1861 a través de la Reforma emancipadora promovida por Alejandro II. Otra cosa es que luego la medida no saliera tan bien como se esperaba, pero eso ya es otra historia…
Para un análisis más pormenorizado recomiendo el artículo de Gonzalo Soriano Blasco sobre la Guerra de Crimea en Archivos de la Historia.
Valoración final:
- Guion
El guion de Alfonso Zapico es fabuloso en la medida que consigue transmitirnos una historia antibelicista en forma de metáfora rusa del siglo XIX.
- Dibujo y color
El trazo de Zapico siempre es muy expresivo, haciendo que sus personajes sean muy identificables dentro de la escena nacional. El uso del color es especial porque refleja las obras del principio de su producción.
+ LO MEJOR
- Los valores impecables que transmite la obra.
- Que esta obra nos permite adentrarnos en la Guerra de Crimea, que es una gran desconocida.
– LO PEOR
- Que dentro de la producción de Alfonso Zapico esta obra sea de las menos conocidas.
Aplicación en el aula...
Es una lectura muy recomendable en la asignatura de Historia del Mundo Contemporáneo de 1º de Bachillerato, sobre todo por el juego que da como precedente de la Primera Guerra Mundial.
Para aprender más...
Profesor de Geografía e Historia. Apasionado por la Historia del Arte y por las novelas gráficas.
El día 1 de cada mes os traeré una nueva reseña de novelas gráficas históricas en la sección #CómicsconHistoria.
Debe haber un ictiosaurio por aquí cerca, ¿lo buscamos?
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