
Las Navas de Tolosa y el castigo almohade
- publicado por Manuel Fernández Luccioni
- Categorías Blog, Novela Gráfica
- Fecha 1 de diciembre de 2024
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- Etiquetas #CómicsconHistoria, Historia de España 2º Bachillerato, Jesús Cano de la Iglesia, Novela gráfica
Edición original: 1212. Las Navas de Tolosa (Ponent Mon, 2016) |
Guion: Jesús Cano de la Iglesia |
Dibujo: Jesús Cano de la Iglesia |
Color: Jesús Cano de la Iglesia |
Formato: Cartoné, 76 páginas. |
ISBN: 9781910856567 Precio: 18€ ( 1212 – Las Navas de Tolosa | Ponent Mon) |
Sinopsis:
1212. Las Navas de Tolosa es posiblemente la batalla de la que más se ha escrito dentro del proceso de avance de los reinos cristianos, también conocido como la Reconquista. Esta novela gráfica realizada completamente por Jesús Cano de la Iglesia, profesor de Secundaria en Extremadura, cuenta con todo detalle no solamente la batalla acontecida en la localidad jienense de Santa Elena el 16 de julio de 1212, sino que el autor se remonta a los acontecimientos previos al inicio de la mayor batalla de la época para que la podamos entender en su contexto.
La novela gráfica se divide en tres partes bien diferenciadas: los prolegómenos de la batalla durante los meses previos tanto desde el lado cristiano, como desde el lado musulmán, el día de la batalla explicando todos y cada uno de sus lances y finalmente los días posteriores a esta, donde continuó la expansión cristiana por Baeza y por Úbeda antes de volver a tierras castellanas. Del mismo modo, el ritmo de la novela gráfica sigue al de los propios acontecimientos, es más lento en la primera parte, se acelera con la batalla y baja de nuevo tras el desenlace de la contienda.
La obra es especialmente pedagógica a la hora de analizar las motivaciones de los dos bandos, dando lugar a una batalla de proporciones inmensas para la época porque para ambas partes adquirió la consideración de Guerra Santa. También hay un prolijo estudio de la organización militar de los dos ejércitos, así como de su indumentaria, que nos revela la inmensa variedad de soldados procedentes de parte de Europa y de África que se dieron muerte en Jaén.
Por otra parte, el autor también introduce unos pocos personajes inventados que sirven para dar cohesión a la historia, como son Don Nuño, que es un caballero calatravo que acude a la batalla acompañado de su escudero Álvaro. En el lado musulmán destaca Abu Ibrahim, un caballero andalusí de familia acomodada de Baeza que acude también a la batalla y cuenta en primera persona los acontecimientos posteriores a la misma, como la huida de la población de Baeza por el avance cristiano.
Otro aspecto muy interesante que nos brinda esta novela gráfica es que hay varios elementos de este episodio que se han asumido con mucha naturalidad desde la tradición historiográfica que se ponen en cuestión y se analiza en qué modo no se corresponden en absoluto con la realidad histórica. Este recurso metanarrativo nos habla bien del grado de rigor con el que el autor ha tratado el asunto, no siendo nada sencillo de encontrar en novelas gráficas de género histórico.
Por último, cabe destacar que la obra se cierra analizando los avances territoriales que produjo la victoria cristiana en Las Navas de Tolosa así como el impacto que tuvo la derrota en el Califato almohade, del mismo modo que se detiene en cada uno de los destinos de los personajes principales que pueblan esta historia coral.
Contexto histórico:
La victoria con la que tapar una derrota.
La batalla de Las Navas de Tolosa (16 de julio de 1212) es posiblemente uno de los episodios más estudiados de todo el proceso de avance de los reinos cristianos (también conocido como la Reconquista) en el territorio peninsular. Sobre este acontecimiento histórico se han vertido ríos de tinta desde el s.XIII hasta la actualidad, dando lugar a imágenes icónicas que aparecen en todos los libros de texto de Historia de España y a algún que otro bulo histórico que iremos comentando en este apartado.
No obstante y para empezar, cabría preguntarse quiénes eran los almohades y cómo llegaron a la Península antes de entrar en harina con la batalla que va a centrar nuestra atención en esta ocasión.
El Califato almohade fue un Estado musulmán de origen bereber que desplazó a los almorávides primero del Magreb y después de al-Ándalus desde el primer tercio del s.XII. Este califato estuvo amparado en un movimiento religioso rigorista musulmán que en su periodo de apogeo (1163-1199) formó una poderosa organización no solamente a nivel militar, sino también a nivel económico, administrativo y fiscal.
La gestión de los territorios peninsulares para los almohades siempre fue compleja. En primer lugar, porque la población andalusí no era fuerte militarmente y los almohades tenían que asumir este rol. También porque dependían de su propia situación económica para poder gestionar toda la logística necesaria con la que hacer llegar al ejército desde el norte de África. Por último, los almohades tampoco eran del agrado de los andalusíes, porque pese a que todos ellos eran musulmanes, no compartían la misma aproximación hacia la religión ni a nivel jurídico y sobre todo porque los almohades ejercían una gran presión a nivel fiscal sobre la población local.
Con todo, por el modo en el que se desarrollaron los acontecimientos y porque ambos episodios comparten a varios de sus protagonistas, es imposible hablar de la batalla de Las Navas de Tolosa (1212), sin antes poner en contexto la batalla de Alarcos (1195), donde los almohades infringieron una derrota muy dolorosa a los cristianos en general y al Reino de Castilla en particular, el cual ya estaba gobernado por el rey Alfonso VIII de Castilla (Soria, 1155-Gutierre-Muñoz, Ávila, 1214).
Los prolegómenos de la batalla de Alarcos nos llevan a 1177, momento en el que el monarca castellano con ayuda de la Corona de Aragón conquistó Cuenca. En los siguientes años la situación de los castellanos y de los almohades será bastante delicada, por lo que llegarán a una tregua en sus hostilidades en el verano de 1190, dado que mientras los castellanos tuvieron enfrentamientos con la Corona de Aragón, la familia almorávide de los Banu Ganiya en 1184 atacaron el norte de África desde las Baleares dominando las regiones de Ifriquiya (actual Túnez) y Tripolitania (actual Libia).
Este receso sirvió al califa almohade Yusuf II (Califato almohade, 1160-Marrakech, 1199) para firmar una tregua también con el Reino de León y poder tener las manos libres para atacar a Portugal, quienes en septiembre de 1189 habían conquistado Silves, región que volvieron a perder rápidamente en 1191 a manos de los almohades.
Por otra parte, y bajo intercesión del papa Celestino III (Roma, 1106-Roma, 1198), leoneses, castellanos y aragoneses lograron aparcar sus diferencias en 1192. Ello explica que la tregua de los castellanos con los almohades se rompiera en el verano de 1194, cuando quedaba poco tiempo para que caducase y que Yusuf II seguía ocupado intentando pacificar el norte de África. En ese momento Alfonso VIII autorizó una expedición de castigo o cabalgada que fue dirigida por el arzobispo de Toledo, Martín López de Pisuerga (¿Palencia?, s.XII-Toledo, 1208) en las coras de Jaén, de Córdoba y muy especialmente en Sevilla, capital almohade, donde sus huestes no solamente se llevaron todo el tesoro que pudieron cargar, sino que también se llevaron el ganado bovino, ovino y equino.
La reacción no se hizo esperar porque tan pronto como resolvió la crisis del norte de África, Yusuf II desembarcó el 1 de junio de 1195 con una gran cantidad de tropas en Tarifa y tras pasar por Sevilla (donde se le sumaron muchísimos soldados de todo tipo con ganas de revancha), llegaron a Córdoba el 30 de junio de 1195, donde se le unieron entre otros los ejércitos de Pedro Fernández de Castro, el Castellano (Castilla, c. 1160-Norte de África, 1214), quien había roto los vínculos de vasallaje con Alfonso VIII y quien ahora formaba parte del ejército almohade como mercenario.
Partieron de Córdoba el 4 de julio de 1195 cruzando Despeñaperros y llegando a las posiciones avanzadas cristianas del castillo de Salvatierra en los siguientes días, lo que alarmó a Alfonso VIII de Castilla, por lo que hizo reunir a sus tropas en Toledo con intención de marchar hacia Alarcos, por pensar que sería el lugar desde donde podría plantear una batalla que le beneficiase defensivamente (pese a que la fortaleza estaba sin terminar). Aparte, el monarca castellano solicitó la ayuda de los reyes de León, de Navarra y de Aragón, convenciéndoles de que parar el avance almohade era beneficioso para todos los reinos. Por ello todos accedieron a mandarle tropas.
Todas las fuentes que han estudiado esta batalla coinciden en la excesiva premura de Alfonso VIII a la hora de plantear la batalla, dado que él estaba dispuesto a comenzarla el 17 de julio de 1195, cuando aún las tropas del rey de León seguían en Talavera y cuando no habían llegado las demás, confiando en que con la caballería pesada que tenía allí establecida sería suficiente. Sin embargo, Yusuf II fue mucho más conservador y decidió esperar a tener a todas sus tropas bien dispuestas sobre el campo de Alarcos, siendo estas muy superiores en número.
La batalla se produjo el 19 de julio de 1195 y como ya es sabido, aunque ambos bandos sufrieron una importante cantidad de bajas, finalmente la victoria almohade fue aplastante porque la caballería pesada cristiana fue neutralizada por los jinetes con arcos musulmanes y después por la caballería de los flancos, que lograron atacar la espalda de las huestes cristianas con maniobras engañosas de huida y contraataque, que es la llamada maniobra del tornafuye.
En este desastre cristiano las tropas de Diego López II de Haro (Nájera, c. 1152-Burgos, 1214), señor de Vizcaya, fueron atrapadas y él pudo salvar la vida porque se rindió en batalla, volviendo desarmado a Castilla después de negociar con Pedro Fernández de Castro, el Castellano. En cambio, muchos de sus acompañantes perecieron, bien en batalla o porque no se pagó el rescate que los almohades pidieron por ellos. Asimismo, el rey Alfonso VIII de Castilla pudo huir a tiempo después de haber entrado en una batalla en la que partía con muchísima desventaja.
Las consecuencias para Castilla fueron terribles. Por una parte dando pie al avance almohade prácticamente hasta Toledo, anexionándose estos gran parte del campo de Calatrava, por lo que la orden militar se quedó sin su convento principal y sin el núcleo de su señorío. También produjo la enemistad del rey Alfonso IX de León (Zamora, 1171-Sarria, 1230) con Alfonso VIII de Castilla por haberle despreciado su ayuda en esta batalla, por lo que los almohades pasaron a ser aliados suyos y además, Navarra también pactó su neutralidad en caso de conflicto. Por último, ello dejó una importante crisis económica que azotó Castilla durante los siguientes años, dejando muy tocada la imagen Alfonso VIII como monarca castellano.
Los años siguientes a la batalla de Alarcos no fueron más tranquilos. De hecho, la alianza de los almohades con el Reino de León (negociada por Pedro Fernández de Castro) produjo que en 1196 los almohades avanzasen sobre la zona occidental castellana haciéndose con territorios como Plasencia. No obstante, esta fue recuperada después de que Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón (Huesca, 1178-Muret, 1213) se unieran para atacar el Reino de León como represalia por su alianza con los musulmanes.
Asimismo, al año siguiente, en 1197, se produjo una nueva expedición de castigo almohade sobre Talavera y Maqueda al tiempo que sitiaron Madrid, que en este caso fue defendida por Diego López II de Haro, rehabilitando en parte su imagen después de lo ocurrido en Alarcos. El siglo terminó de forma positiva para los cristianos porque en 1198 recuperaron el castillo de Salvatierra por parte de la orden de Calatrava, haciendo de ello un pequeño y aislado enclave cristiano dentro del territorio musulmán.
Precisamente en el cambio de siglo se produjo la muerte de Yusuf II, siendo reemplazado en 1199 por su hijo Muhammad al-Nasir (Califato Almohade, 1181-Rabat, 1213) quien acabaría por fin en 1206 con la amenaza de los Banu Ganiya en Ifriquiya. Cabe decir que al nuevo califa almohade se le conoce en el contexto cristiano como Miramamolín, que es una reinterpretación del árabe Amir al-Mu’minin, que hace referencia a su título de Príncipe de los Creyentes.
No obstante, a pesar de que la amenaza almohade no desapareció en los primeros años del s.XIII sí podemos hablar de un cambio de tendencia porque cada vez fueron más constantes las expediciones cristianas sobre los almohades tanto desde Castilla como desde Aragón (y eso que no siempre los dos primos, Alfonso VIII y Pedro II estaban a bien entre sí).
Así, en 1209 hay una expedición castellana sobre los campos de Jaén y en la primavera de 1210 los aragoneses respondieron a un ataque musulmán sobre las costas catalanas con su expansión por la región de Valencia conquistando Ademuz, Castielfabib y Sortella. La gota que colmó el vaso de al-Nasir se produjo a finales de 1210, cuando los aragoneses se hacen con la cora de Valencia y los castellanos rompen la tregua que tenían con los almohades y se hacen temporalmente con Úbeda, Andújar y Baeza.
A partir de principios de 1211 al-Nasir comenzó a organizar a sus tropas en Marruecos para su traslado al otro lado del estrecho de Gibraltar, llegando a Tarifa en mayo de ese año mientras Alfonso VIII de Castilla ordenaba saquear Játiva y Murcia. A finales de mes se produjo en Sevilla una concentración multitudinaria de tropas almohades en Sevilla formada por almohades africanos y peninsulares, tropas regulares andalusíes y voluntarios de realizar la guerra santa. Tras ello todas las tropas se trasladaron a Córdoba, donde llegaron a finales de junio.
En este avance almohade en agosto de 1211 se produjo en primer lugar el sitio de la fortaleza calatrava de Salvatierra y a finales de mes su capitulación después de quedarse sin agua. Las fuentes contemporáneas como el obispo de Toledo Juan de Osma (Soria, segunda mitad s.XII-Burgos, 1246) señalaron que “¡Oh cuánto llanto de hombres, gritos de mujeres gimiendo todas a una y golpeando sus pechos por la pérdida de Salvatierra!”. Las desgracias nunca vienen solas, porque después de haber intentado romper el cerco de Salvatierra, el infante Fernando de Castilla (Cuenca, 1189-Madrid, 1211), hijo de Alfonso VIII de Castilla y Leonor de Plantagenet (Dormford, 1160-Burgos, 1214), enfermó y falleció repentinamente en octubre de ese año.
El acontecimiento de Salvatierra revolvió mucho a los cristianos porque vieron de cerca el peligro almohade, por lo que, en febrero de 1212, Alfonso VIII envió a Francia al arzobispo de Toledo y a Roma al obispo de Segovia para que el Papa declarase la cruzada, lo que finalmente acabó ocurriendo, puesto que el Papa Inocencio III (Cavignano, 1160-Perugia, 1216) inició la predicación de la Gran Cruzada en Europa ofreciendo la indulgencia plenaria a los cristianos participantes en batalla. Del mismo modo, el Papa también promovió la neutralidad de los reinos cristianos peninsulares enfrentados con Castilla, puesto que no todos los reinos iban a formar parte de la coalición de las tropas cristianas peninsulares, donde Castilla y Aragón entraron en un principio y Navarra acabó uniéndose muy al final.
Por lo tanto, el ejército cristiano estaría organizado en su mayor parte por tropas castellanas, dividiéndose entre la caballería pesada, que estaba formada por las huestes señoriales como la de Diego López II de Haro, señor de Vizcaya y las órdenes militares como las de Calatrava, Santiago, los templarios y los hospitalarios y la caballería ligera, entre las que estaban las milicias concejiles de las ciudades de realengo, que estaban reguladas por los fueros, la caballería villana, que eran vecinos con pendones y que tenían las funciones de explorar y hostigar y finalmente la mesnada real, que era la guardia personal del monarca.
De este modo, en la primavera de 1212 se produjo una gran concentración de tropas cristianas en la que había también voluntarios peninsulares y ultramontanos, que es como se conocía a los cruzados que provinieron sobre todo de Francia, ya que al contrario de lo que se suele pensar, en otros territorios europeos el llamamiento del Papa no tuvo tanto efecto. No obstante, y gracias a las relaciones de vasallaje de la Corona de Aragón en la región de la Occitania, en junio de 1212 sí que llegaron a Toledo bastantes soldados para luchar en la cruzada comandados por Arnaldo Amalric (Narbona, 1160-Fontfroide, 1225), que era el arzobispo de Narbona desde hacía pocas semanas y que ya en 1209 había dirigido la cruzada contra los albigenses en Toulouse.
Por otra parte, hay que tener en cuenta que las diferencias que había a nivel cultural entre los cruzados peninsulares y los ultramontanos se pusieron de relieve nada más comenzar porque mientras que los peninsulares estaban más que acostumbrados a entrar en lucha con los musulmanes y a gestionar las rendiciones de las plazas conquistadas dejando salir a los vencidos, a los ultramontanos esto les parecía estúpido y humillante, por no hablar que no comprendían bien la mezcla étnica que se encontraron en Toledo, donde tuvieron trifulcas con la gente local.
Esto se pudo ver claramente con la conquista de Malagón (provincia de Ciudad Real), que era la posición almohade más avanzada a finales de junio de 1212, dado que, una vez rendida la plaza, Alfonso VIII de Castilla no autorizó a que se masacrasen a los resistentes, por lo que recibió las protestas del arzobispo de Burdeos y del obispo de Nantes y bastantes cruzados ultramontanos decidieron abandonar la expedición por este motivo. Por su parte, en el caso almohade ocurrió algo similar, puesto que el militar a cargo de la defensa de Malagón fue ejecutado por orden del califa por no haber resistido lo suficiente ya que se interpretaba que tenían armamento y soldados suficientes como para haber hecho perder más tiempo a los cristianos en su avance hacia el sur.
Es tras este episodio los cristianos llegaron hasta la fortaleza de Salvatierra, que había sido recientemente conquistada por los almohades. Estando allí fue cuando las huestes de Sancho VII de Navarra (Tudela, 1154-Tudela, 1234) se integraron en la cruzada el 8 de julio de 1212. En ese momento se encontraron con un gran problema, que fue que no había consenso en reconquistar la fortaleza en esos momentos porque de hacerlo podría lastrar a los cristianos en su objetivo principal, que era vencer a los almohades en el campo de batalla. Por eso finalmente Alfonso VIII de Castilla dio su brazo a torcer y pasaron de largo por Salvatierra confiando en el que en el futuro habría una ocasión más propicia para hacerse con ella. Es en ese momento también cuando llegaron las noticias de ataques leoneses en Castilla, pero pese a la rabia de Alfonso VIII de Castilla por la actuación de Alfonso IX de León, las tropas cristianas continuaron su camino hacia Despeñaperros.
Los almohades por su parte cuando vieron la disposición cristiana de seguir hacia adelante, tomaron la decisión de asentarse tras el desfiladero de Losa en Despeñaperros, que era el lugar ideal para bloquear el avance cristiano y plantarles batalla. Evidentemente contaban con forzar a los cristianos a pasar por el desfiladero, que era impracticable para transitar con la caballería pesada al tiempo que era muy sencillo de defender apostando allí una pequeña cantidad de tropas bloqueando el camino.
Para su desgracia, los cristianos, tras observar la situación pasado el puerto del Muradal y viendo lo que se les avecinaba después de hacerse sin dificultad con el castillo del Ferral, acabaron tomando una senda alternativa desconocida para los almohades que les condujo a un lugar seguro donde acampar, que es lo que se denominó posteriormente como la mesa del Rey. Allí es donde acamparon las tropas del rey el 14 de julio y empezaron a planificar la estrategia de la batalla en los dos días siguientes mientras los soldados cruzados que habían llegado hasta allí les servían de escudo contra los ataques de los jinetes con arco árabes.
Acerca del descubrimiento de la nueva senda por parte de los cristianos existe un bulo bastante extendido desde las fuentes antiguas, como De Rebus Hispaniae (1243) del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada (Puente de la Reina, 1170-Lyon, 1247) (que también estuvo presente en la batalla), quien cuenta que cuando las tropas cristianas estaban bloqueadas en el desfiladero de la Losa y estaban planteándose abortar la cruzada, apareció un pastor de la zona con un pasado más bien turbio con la justicia, que les indicó el camino por el que podrían sorprender a los almohades. Esta aparición providencial ha sido descartada por los historiadores expertos en la materia y en la actualidad no se tiene en cuenta para explicar la realidad histórica de la batalla.
Si observamos la disposición de batalla de ambos ejércitos encontramos que en el caso cristiano había una triple línea, estando en la vanguardia las huestes del señor de Vizcaya, los ultramontanos y la milicia de Madrid protegidos en los flancos por caballeros navarros y aragoneses, en la medianera (la más numerosa) encontramos a las órdenes militares y de los concejos y en la zaga los tres monarcas con sus respectivas huestes, siendo la central la de Alfonso VIII de Castilla.
En el caso musulmán, al-Nasir repitió el esquema de batalla que tantas alegrías había dado a su padre en Alarcos en 1195, con una vanguardia formada por voluntarios andalusíes, un cuerpo central muy robusto formado por soldados almohades y jinetes con arco kurdos y árabes en los flancos. Asimismo, también se ayudó de la orografía, puesto que sus ejércitos se localizaban en un cerro que los cristianos tendrían que ascender para llegar hasta él en última instancia. Por si fuera poco, ya en la zaga, su tienda o qubba (llamado palenque por los cristianos) estaba perimetrada por un foso con empalizadas que estaba defendido por voluntarios africanos y esclavos negros que estaban atados entre sí por los tobillos para que nadie se diera a la fuga.
Tampoco es baladí aludir a la cantidad de combatientes que se estima que participaron en la batalla, dado que, aunque los números varían mucho dependiendo de la fuente utilizada, está asumido que el ejército almohade doblaba al cristiano en efectivos. Se piensa que los cristianos debieron ser entre 12.000-15.000 soldados, lo cual era récord para la época, en el lado almohade debieron participar entre 24.000-30.000 soldados. Ello nos hace entender la batalla de Las Navas de Tolosa como si se tratase de un choque de trenes.
El desarrollo de la batalla se produjo en unas pocas horas, donde contrariamente a lo que podría esperarse, los cristianos fueron muy superiores a los almohades porque atacaron de forma muy coordinada con la caballería pesada, protegieron muy bien los flancos para que la caballería con arcos kurda y árabe no pudiera realizar la maniobra del tornafuye y los ataques de todas las líneas se lanzaron en el momento justo para acabar con la resistencia musulmana. El resultado fue una masacre para los almohades, lo que propició la huida de al-Nasir y la desbandada general cuando los cristianos llegaron a la tienda de campaña del califa.
Durante las siguientes horas los cristianos estuvieron persiguiendo a los musulmanes que habían escapado del campo de batalla, dando muerte a muchos de ellos, mientras que en los siguientes días el avance cristiano continuó en ciudades como Baeza y Úbeda. La expedición se dio por concluida cuando las tropas cristianas comenzaron a enfermar de disentería por la mala calidad de la comida y por la cantidad de cadáveres que todavía permanecían insepultos. Ello fue percibido como un castigo de dios por haber hecho rapiña con los musulmanes muertos, algo que había sido explícitamente prohibido por el Papa al comienzo de la cruzada. No obstante, en las tropas cristianas hubo una sensación generalizada de satisfacción por el logro conseguido durante aquella jornada.
Por último, como la Historia a veces es juguetona, no hay que perder de vista que la memoria de personajes como Alfonso VIII de Castilla o Diego López II de Haro quedaron rehabilitadas tras esta victoria puesto que ayudó a olvidar el estrepitoso fracaso de la derrota de Alarcos.
Por otra parte, la batalla de Las Navas de Tolosa ha servido para generar historias secundarias que se han arraigado fuertemente en el imaginario colectivo de sus contemporáneos y que han llegado igualmente hasta el presente.
El primer símbolo es el Pendón de Las Navas de Tolosa, un tapiz almohade que siempre se ha asociado a la tienda de al-Nasir durante la batalla (ya fuera la tela que daba acceso al interior u otra parte), pero del que las últimas investigaciones apuntan que podría ser algo posterior, de tiempos de Fernando III de Castilla, el Santo (Zamora, 1199-Sevilla, 1252), procedente de alguna de sus campañas en el valle del Guadalquivir. De hecho, él fue quien donó este tapiz al Monasterio de Las Huelgas de Burgos, que es donde se conserva actualmente.
El segundo elemento es el escudo Navarra, compuesto por unas cadenas y una esmeralda en el centro. Tradicionalmente se ha asumido que las cadenas eran las de los esclavos negros que protegían el palenque de al-Nasir, mientras que la esmeralda habría estado incrustada en el Corán que el califa llevó a la batalla. Aunque las primeras representaciones del escudo de Navarra con las cadenas y la esmeralda son del s.XIII, los estudios heráldicos de Faustino Menéndez-Pidal de Navascués y Javier Martínez de Aguirre han vinculado esta heráldica a Sancho VI de Navarra (Pamplona, c. 1133-Pamplona, 1194) y por lo tanto señalan que el mito construido en torno a la valentía de Sancho VII de Navarra en la batalla no es más que propaganda para engrandecer su rol en la misma.
Para finalizar, cabe señalar que durante mucho tiempo se ha sobredimensionado esta batalla dentro del imaginario de la Reconquista, porque como indica Francisco García Fitz, pese a que fue una batalla importante, no se puede decir que a partir de la misma el poder almohade en la Península se desintegrase completamente (lo hizo posteriormente por las contradicciones que se dieron entre el estilo de vida andalusí y el que los almohades pretendían imponer), ni tampoco que la batalla culminase el proceso del avance de los reinos cristianos sobre territorio andalusí (porque se produjo más de dos siglos y pico después), pero sí es un punto de anclaje importante que explica las grandes conquistas cristianas sobre territorio musulmán que se producirían a lo largo de todo el s.XIII.
Valoración final:
- Guion
El guion de Jesús Cano explica con todo lujo de detalles no solamente la batalla, sino lo más importante, que es el contexto histórico en el que se desarrolló dicha batalla. El rigor que aplica es exhaustivo, indicando incluso los aspectos en los que se está incurriendo en una construcción histórica.
- Dibujo y color
Estos dos apartados también han sido realizados por Jesús Cano, en el que utiliza un estilo propio de la escuela franco-belga para dar vida a los personajes que participaron en la batalla.
+ LO MEJOR
- El rigor con el que el autor ha transmitido el punto de vista cristiano como el musulmán. Incluso desmiente bulos generalizados sobre este episodio histórico.
- Es una de las pocas novelas gráficas de esta calidad que podemos encontrar referidas a la Edad Media en España.
– LO PEOR
- El ritmo y el nivel de profundización de la novela gráfica posiblemente no la haga accesible al alumnado de 2º de la ESO, donde por temario es donde mejor encaja.
Aplicación en el aula
Es una obra que podría funcionar bien en grupos de Historia de España de 2º de Bachillerato o para estimular a los perfiles de 2º de la ESO de altas capacidades y mucho interés por la historia militar.
Para aprender más...
Profesor de Geografía e Historia. Apasionado por la Historia del Arte y por las novelas gráficas.
El día 1 de cada mes os traeré una nueva reseña de novelas gráficas históricas en la sección #CómicsconHistoria.
Trabajos de los museos del 2º trimestre (ESO) (curso 2024-2025)
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